"Viento de furioso empuje" se presentó en El Corte Inglés de Barcelona

Presentación novela en Barcelona

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Kairuán

Kairuán fue la capital del emirato de Ifriqiya (África menor), una provincia del Imperio omeya que comprendía diversas regiones, entre ellas el Magreb extremo (hoy Marruecos), con Tánger como capital del valiato. En la imagen, vista parcial de la gran mezquita, cuya construcción se inició en el 670.

   Los siguientes párrafos han sido extraídos del capítulo X

   Provistos de una escolta reducida que Abdelaziz creyó apropiada, partieron al amanecer hacia Kairuán. Con las cabalgaduras al paso, dándoles algún trotecillo ocasional para desentumecerlas, avanzaron a buen ritmo durante tres jornadas. Mediada la tarde del cuarto día de marcha, con la ciudad ya a la vista, les salió al paso un escuadrón de lanceros cuyo jefe reveló que había sido enviado para realzar la entrada de Abdelaziz y su noble invitado.
   Al reemprender la marcha, Yunán miró a su amigo, le hizo un guiño disimulado y articuló una frase de lo más oportuna:
   -No te lo dije, nadie llega a ciertos cargos descuidando los detalles.
   Yunán rió a gusto al ver la expresión del rostro de su amigo, donde se reflejó un gesto de alivio al que siguió una frase no menos descriptiva:
   -Sí, menos mal que has venido. ¡Vive Dios de la que me has librado!

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cartago


El dibujo corresponde a la Cartago romana del siglo II. La ciudad fue arrasada dos veces, primero por Roma, que posteriormente la reconstruyó aún más bella. A principios del siglo VIII fue el emir Hassán ben Naamán quien acabó definitivamente con una urbe que durante más de un milenio y medio acaudaló esencias fenicias, romanas, vándalas y bizantinas.
Inicio del capítulo X de "Viento de furioso empuje"

   Entre uno y otro fondeadero, donde se hacía preciso recalar tan pronto como la luz del sol iniciaba su declive y anunciaba la encalmada del viento, diez y ocho días invirtió el Yerba en realizar la travesía hasta Cartago. Fueron unas jornadas en las que el mayor aliciente consistió en departir con Idulfo acerca de Hispania, exuberante tierra de vides y de olivos que a cualquier viajero árabe que la pisara, máxime si se mostraba propenso a conocer otros pueblos, le suponía el estímulo adicional de haber alcanzado el extremo occidente de la Tierra Grande.

lunes, 20 de agosto de 2012

La búsqueda del capitán Tartús

Plano de la ciudad de Alejandría a principios de nuestra era. En abril del 641 fue conquistada por los musulmanes y su tamaño probablemente sería bastante mayor. Según la estadística entregada al califa Umar, Alejandría contaba por entonces con  4.000 palacios, 4.000 baños, 12.000 mercaderes de aceite, 12.000 jardineros, 40.000 judíos y 400 teatros y lugares de esparcimiento

  Los párrafos siguientes corresponden al capítulo IX

   Yunán reparó en lo paradójico de sus recientes planes. Las circunstancias habían desbaratado el sugestivo viaje a las pirámides y a la ciudad campamento de Fustat, capital de la provincia de Egipto. A cambio, no esperaba algo distinto a un callejeo urbano durante varias noches, que a lo sumo le haría observar la marginalidad de los alrededores del puerto de Alejandría, urbe en la que tanto y tan valioso podía contemplarse en cualquiera de los sentidos a los que uno se refiriese.
   Se pasaron más de tres horas dando vueltas aquí y allá. Hablaron infructuosamente con todo el que les salió al paso ofreciéndoles unos estímulos que ellos ya habían previsto y que se relacionaban, por lo común, con el pasatiempo carnal previo pago de su importe, fuese con hombres, mujeres e incluso jovencitos a estrenar de uno u otro sexo. También les invitaron a formar parte de una timba de dados que admitía altas apuestas y ganancia segura, situada en una sala de confianza en la que era imposible perder a juicio del sujeto que aspiraba a enrolarles en la partida. Un sujeto que resultó de lo más molesto y pegajoso, auténtico noctívago al decir de Yunán, hasta que desapareció como por ensalmo en cuanto se oyó la llegada de la ronda nocturna, con la que se cruzaron varias veces. Ronda a la que asimismo interrogaron sin éxito y sobre la que podría certificarse que poseía la facultad de dejar casi desiertas las calles por donde circulaba.

miércoles, 25 de julio de 2012

Alejandría


Representación del faro de Alejandría, construido en el siglo III a C. y derruido por un fuerte terremoto a principios del siglo XIV. Se cree que otro terremoto anterior dejó muy dañados sus cimientos e incluso se asegura que las excavaciones en su base, ordenadas en el siglo VIII por el califa al-Walid para tratar de localizar un supuesto tesoro, influyeron tanto o más que los movimientos sísmicos.

El texto corresponde al inicio del capítulo IX

   La nave de cabotaje en la que viajaban Yunán, Abdelaziz y Hamid llegó a su último destino: Alejandría, la bella. Una ciudad que poseía más de un milenio de vida entre sus calles, desde aquel lejano año en que el general Tolomeo decidió fundarla en honor de uno de los inmortales de la Historia: Alejandro, llamado el Magno.
   Yunán no pudo evitar emocionarse al volver a Alejandría. Diez años atrás había acompañado a su padre en un viaje oficial, cuando el ilustre Sufián hubo de imponer cierto orden en una administración provincial que enviaba recursos muy escasos a Damasco. El joven jerife apenas pudo ver nada en aquella ocasión, la celeridad con que su progenitor acometió el encargo del califa, junto a sus escasos quince años de existencia, dedicados casi todos al estudio, impidieron que se deleitarse con lo mucho que la urbe tolemaica era capaz de ofrecer a un visitante acomodado.

viernes, 6 de julio de 2012

Abdelaziz con sus hijos


Imagen moderna de un padre árabe con dos de sus hijos. La escena recuerda el reencuentro de Abdelaziz, uno de los protagonistas de la obra, con sus propios hijos, a los que no había podido ver desde hacía meses. Las edades de los tres personajes que aparecen en la escena son muy semejantes a las de los personajes de ficción. 


Los párrafos siguientes pertenecen al capítulo VIII de "Viento de furioso empuje"

   Sin separarse de Moisés, que aún permanecía asido con una mano a su ropaje, ben Musa se inclinó, abrió los brazos a los mellizos para acogerles y éstos se reunieron con el padre, quedando los cuatro fundidos en un abrazo entrañable.

   Yunán contemplaba la escena y se le partía el corazón. En apariencia, Abdelaziz idolatraba a sus hijos y aún quería a la madre, o al menos la respetaba con gran afecto. Ahora comprendía sus palabras cuando le habló de las contrariedades de ser el hijo de un personaje notable. En la situación de su amigo, el hecho de que su padre fuese el emir Musa suponía por fuerza algo más que contrariedad: amargura. Yunán concluyó con varias frases que venían rondando su mente desde hacía tiempo: 

miércoles, 20 de junio de 2012

Amanecer en Tiro


Imagen actual del puerto viejo de Tiro. En la época del relato, Tiro contaba con dos puertos relativamente cercanos.


Inicio del capítulo VIII

   El amanecer en Tiro fue tan ruidoso como Yunán sospechaba, los sonidos procedentes de los puertos invadían la habitación. Incluso desde la planta baja de la posada llegaban voces de clientes madrugadores. La luz del alba comenzaba a filtrarse y el jerife pudo comprobar cómo Abdelaziz preparaba dos pequeñas alfombras para que ambos rezasen. Todo indicaba que Juan y Gregorio se habían marchado.
   Yunán bajó al retrete del patio, practicó después las abluciones de rigor en un lavadero cercano y subió junto a su amigo para iniciar el rezo. Más tarde se dirigieron al comedor y encontraron a Hamid, desayunando. Se hallaba solo y se sentaron junto a él, en una de las grandes mesas, y al poco se incorporaron los hombres de ben Musa. Uno de los mozos de la posada llegó con una fuente de tortitas calientes, una gran jarra de leche y un jarrillo de miel. Abdelaziz roció las tortas con miel, se apartó cuatro de ellas y fue mojándolas en un pocillo de leche que previamente se había servido. De inmediato pidió otra fuente de tortitas para los suyos, así como una hogaza de paz, cecina y media bola de queso, e invitó a Yunán a que no se demorase.
   -Hoy es un día de mucho trabajo y hay que aligerar —dijo Abdelaziz, entre bocado y bocado.
   -Parece que has madrugado bastante, ¿viste marcharse a Juan y Gregorio?
   -Sí, y me encargaron que te saludase.
   Concluyeron en el comedor y Abdelaziz ordenó dirigirse hacia el patio. Se aseguró que hubiese comido el hombre que en ese instante permanecía de guardia en el carro y pidió que descargasen los libros y engancharan las mulas. Luego se dirigió a Yunán y le comentó:
   -Voy a llevar la mayor parte de esta comida a una familia que conozco bien. Me gustaría que me acompañases, pero si lo prefieres puedes aguardar aquí o visitar la zona.
   -¡Hombre de Dios, al fin se desvela el secreto de un carro tan cargado! —Exclamó Yunán, alegrándose del propósito de su amigo.

viernes, 8 de junio de 2012

La posada de la Cuba


La imagen se corresponde a una antigua posada (restaurada) en la ciudad de Tiro

El diálogo pertenece al capítulo VII de "Viento de furioso empuje"
   
   Bajaron hacia el comedor y al llegar a la primera planta observaron que el posadero Ulpiano, mientras asía una bolsa de monedas, no cesaba de reverenciar a un individuo de aspecto distinguido.
   -Sí, mi señor Yahya, ahora mismo te prepararán cuanto has ordenado. ¡Puedes dar por hecho que el cabrito estará a tu gusto! —Exclamó el posadero, sopesando la bolsa a su espalda.
   Al contemplar una escena tan servil, Yunán comprendió que Ulpiano acababa de cobrar la deuda con los ciudadanos de ninguna parte y que las llagas anímicas del posadero habían cicatrizado de golpe mediante la dosis justa de bálsamo de plata.
   Yunán trató de fijarse en el rostro de Yahya, aunque apenas llegó a distinguirle. El otro personaje, supuestamente Alí, le llamaba desde el fondo de la estancia y Yahya se adentró.
   Ulpiano, al ver aparecer hablando entre sí a cuatro de sus huéspedes principales, efectuó una última reverencia a Yahya, en este caso a la espalda de Yahya, y se volvió hacia el grupo. Pero antes —observó Yunán—, no fuese que se confundiera con usura el pago a sus bienhechoras obras, introdujo la bolsa entre sus costillas y su camisa. Después se apretó dos ojetes el cinturón y empujó el tesoro hacia atrás para evitar que acabase indefenso en el suelo. Y cómo sería el impulso que Ulpiano le dio a la bolsa, que al punto se advirtió la presencia de un posadero cheposo de lucro y repleto de desconfianza.
   -Nobles señores —comenzó obsequioso—, noto que habéis congeniado vuestra vecindad de habitación y ello me mueve a pensar que acaso queráis compartir la cena. Al respecto, puedo ofreceros un surtido de las más deliciosas carnes y los pescados más frescos, ya que esta costa nuestra es pródiga en especies sabrosísimas...
   -Amigo Ulpiano —interrumpió Abdelaziz, ejerciendo decididamente el mando en la cuestión alimenticia—, sabes por otras veces lo que debes servirme y en qué cuantía, que mis hábitos son casi inmutables e ineludibles; cuanto más esta noche, que compartiré la cena con unos amigos de quienes espero su mejor charla.
   -Yo prefiero algo ligero que... —intentó decir Yunán.
   -A Yunán le preparas otro tanto de lo mismo que me sirvas a mí —se inmiscuyó el bonachón—, y lo que él no saboree pasará como guarnición a mi plato. En cuanto a nuestros acompañantes, quedan invitados a ese vino albillo que atesoras en tu casa, no en balde llamada “Posada de la Cuba”, así como a una ración de pescado asado, viudo de salsas, que les haga creer que no han cenado y que, junto al vino, primero les incite a pensar bien, luego a departir mejor y a la postre les avive el sueño de los soñadores.

lunes, 28 de mayo de 2012

Tiro


Citada muy a menudo en la Biblia, Tiro se fundó probablemente en el tercer milenio antes de Cristo.


Inicio del capítulo VII
   Apenas quedaba una hora para que se cerrasen las puertas de la ciudad de Tiro. Las negruras de la noche, desconsoladas a perpetuidad ante el perdido esplendor de la urbe, no tardarían en deambular entre sus calles angostas y milenarias. A esas sombras se unirían, a modo de consortes nocturnos, el cendal de la bruma marina impregnándolo todo de gris, los olores del salitre y el alquitrán de calafate y ciertos ecos que el mar, como realces sonoros de toda ciudad portuaria, hace llegar a tierra mediante el frémito del oleaje rompiente en la escollera o el clamor que las gaviotas corean para atraerse y que a veces se identifica con el llanto de un niño de pecho.
   Entraron en la población y se dirigieron rectos a la posada que ben Musa dijo conocer. El posadero, un hombre cincuentón de aspecto cansado, con cabeza de tarro, cráneo calvo, barba muy tupida y origen heleno, les recibió usando mil zalamerías empalagosas y les indicó el lugar del patio interior donde podían situar el carro, asunto a lo que Abdelaziz se dedicó personalmente: Desde el suelo sujetó con ambas manos el bocado de las mulas y con habilidad las hizo maniobrar. La acción fue casi impecable, como ensayada, un hecho que le demostró a Yunán la experiencia que su amigo poseía y de la que podía deducirse que había introducido más de un carro en ese patio.
   Se aseguraron de que los víveres y libros quedaban bien situados y al cuidado de uno de los ayudantes, que debía montar guardia hasta que fuese relevado. Acomodaron las caballerías en la cuadra, asignaron camastros en la planta baja para la gente de Abdelaziz y para el anciano Hamid y los dos amigos siguieron al posadero hacia una habitación del segundo piso.
   Fue el mismo posadero, resoplando sus años y su engrosado cuerpo, el que lámpara en mano les guió escaleras arriba mientras definía la situación de su negocio:
   -Mi señor Abdelaziz, te ruego que me disculpes al no ofrecerte tu estancia de otras visitas, la tengo ocupada desde hace tiempo por dos hombres que dicen ser nobles y que aguardan una importante provisión de caudales.
   El posadero se paró en el descansillo de la primera planta, prendió la mecha de otra lámpara de aceite colgada en la pared y señaló hacia la habitación aludida.
   -En ese caso, amigo Ulpiano, si hace tiempo que habitan mi antigua estancia no parece conveniente que les desalojes, ya que su buen dinero te habrán dado a ganar.
   -Ahí radica el problema, señor, salvo el adelanto de la primera semana no he visto de ellos ni un solo dirham. Sospecho que su nobleza y su plata se hallan en algún lugar llamado ninguna parte, desde donde se tarda más de la cuenta en llegar hasta Tiro y un tanto de añadidura hasta esta posada. ¡Estúpido de mí por confiar a ciegas en las apariencias!

martes, 22 de mayo de 2012

El elefante atado a un cabello



   
El diálogo ha sido extraído del capítulo VI de "Viento de furioso empuje"

   Yunán dudó, su amigo no le prestaba mucha atención, llevaba la mirada clavada en el horizonte y diríase que tenía el pensamiento en otro lugar. Pero Abdelaziz, demostrando que sabía atender aunque se mostrase ausente, le apremió con un gesto para que concluyera.
   -... Quería decir que lo más probable, a mi entender, es que Saijún fuese aquel individuo que se acercó a nosotros y nos habló del peligro en la zona de los morones.
   -Pero si aquel hombre parecía un sirviente casi harapiento... ¡Lo ves, ya me has provocado! No te he dicho que no quería hablar del asunto —Abdelaziz acabó riendo—. ¡Desde luego, a mí me convence cualquiera!
   -Ya sabes, Abdelaziz, que he viajado durante bastantes meses por las regiones persas. Allí escuché un aforismo que no me resisto a dejar de narrarte y que viene a cuento de mi deseo de conversar y tu interés en no hacerlo. Dice así: “Una mano suave puede guiar a un elefante atado a un cabello”.
   El hijo de Musa soltó la risotada de costumbre y su respuesta fue inmediata:
   -Comprendo, Yunán, comprendo. El elefante soy yo, incluso el peso no me falta; tú eres la mano suave, al usar frases medidas. ¿Y el cabello? ¿Qué representa aquí al cabello?
   -Creo que el cabello es, en este caso, el empeño en rebatir mi razonamiento para que prevalezca tu opinión. Nos pasa a todos, principalmente cuando no damos el brazo a torcer y convertimos la obstinación en el cabello del que puede tirarse.
   -¿Crees que Saijún era el viejo harapiento?... ¡Razónalo de manera convincente o dejaré que tu montura viaje cien pasos delante de la mía!
   Yunán reparó en que Abdelaziz había usado una especie de amenaza ficticia, excedida aposta y en un tono ampuloso para que se advirtiera su intención de no cumplirla.
   -Hablas del sirviente harapiento y le descartas para ocupar el puesto de Saijún. Pues bien, precisamente por verle desaseado, más que harapiento, considero que reúne los requisitos necesarios para que sea el hombre que buscamos. Veamos, además de un malvado, ¿quién se supone que es Saijún? La respuesta es simple: Un vehemente buscador del libro. Ahora te pregunto: ¿Observaste el aspecto de abandono en Nacor y en sus ayudantes? ¿Reparaste en los abundantes pliegos con restos de alimentos que había en la gruta?
   -Sí, sí, todo eso lo advertí —respondió presuroso Abdelaziz.
   -Pues entonces está claro, ¿no?
   -No, no hay nada claro.
   -A mi modo de ver no puede ser más sencillo, el que consagra su vida a la pesquisa del libro, que sería el caso de Saijún, apenas dedica tiempo a las necesidades de su propia persona. En tales circunstancias, podría decirse que todas las horas son pocas para utilizarlas en la actividad principal: la búsqueda. Comúnmente, amigo mío, suele ocurrirles lo mismo a cuantos practican una labor que enardece, sea el arte, la guerra, la religiosidad..., el tiempo no cuenta ni existe para ellos fuera de su apasionante dedicación.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Camino de Tiro


  

El diálogo ha sido extraído del capítulo VI de "Viento de furioso empuje"

   -Parece mentira, Abdelaziz, que no te importe demasiado que más de la mitad de esa comida se pudra antes de que lleguemos a Kairuán. Aunque has escogido vituallas de larga duración, algunas de las cuales parecen caprichos destinados a los niños, una parte de lo que transportamos no huele ya demasiado bien. Y sólo han pasado tres días desde nuestra salida de Damasco. Incluso es posible que acabemos comiendo algo corrompido que nos produzca un trastorno de vientre.
   -En el carro todo huele como corresponde, sólo algún faisán atufa un poco, pero en cuanto se desplume, se vacíe y se enjuague a conciencia yo seré el primero en saborearlo. Es más, precisamente en los barcos se come fatal y he padecido en mis tripas más de un serio desbarate. ¡Si lo sabré yo!, que he realizado diez o doce veces este viaje y siempre he pasado hambre o mal de panza.
   -Mi padre tendría que oírtelo decir, aún recuerdo la expresión de su rostro cuando en la cena que nos ofreció diste cuenta de medio cabrito y un centenar de exquisiteces —respondió Yunán, deseoso de una charla intrascendente con su amigo.
   -Yo también recuerdo sus gestos —secundó Abdelaziz, con una sonrisa pícara que puso en guardia a Yunán respecto a las frases que seguirían—. Ahora bien, seamos sinceros, el cabrito propendía a palomo de tan pequeño que era. Durante la cena deduje que a lo sumo se trataba de un cabrito nonato al que incluso, valorando su tamaño, le busqué las alas para descartar que estuviese comiendo ave subrepticia. Suerte que no las encontré, de ahí que me decidiese a seguir picoteando entre esos otros platos que tú, con verdadera malevolencia, los acusas de contener exquisiteces. Eso sí, en pago a mi necesidad natural de saciar el hambre, estuve a punto de extraer de mi bolsa algunas de esas monedas visigodas que conocemos y ofrecérselas a tu padre. Incluso había estudiado unas palabras que al final no me atreví a pronunciar para no ofenderle: “Toma, Sufián, dile a tu hijo que compre un rebaño y os coméis los cabritos a mi salud. No quisiera sentirme culpable de dilapidar en una simple cena todo vuestro patrimonio”.
   Abdelaziz transformó la sonrisa inicial en una carcajada de diversión. Yunán no pudo por menos que reírse igualmente ante un discurso sacado de quicio que eludía por completo la realidad de una cena espléndida.