VIENTO DE FURIOSO EMPUJE

VIENTO DE FURIOSO EMPUJE
Alegoría de la batalla de Guadalete, julio de 711 - Autor del lienzo: J. M. Espinosa

lunes, 4 de mayo de 2020

Párrafos destacados (6)


Los protagonistas de la novela histórica del siglo VIII, “Viento de furioso empuje” (a la venta en Amazon), hacen su entrada en la ciudad de Tiro, una urbe multicentenaria que llegó a ser el poder dominante en toda Fenicia y que dispuso de numerosos recursos marinos para expandir su dominio por gran parte del Mediterráneo, donde creo numerosas colonias. La ciudad, venida a menos, sobrevive como buenamente puede tras la ocupación árabe.   
Capítulo VII. Tiro
Apenas quedaba una hora para que se cerrasen las puertas de la ciudad de Tiro. Las negruras de la noche, desconsoladas a perpetuidad ante el perdido esplendor de la urbe, no tardarían en deambular entre sus calles angostas y milenarias. A esas sombras se unirían, a modo de consortes nocturnos, el cendal de la bruma marina impregnándolo todo de gris, los olores del salitre y el alquitrán de calafate y ciertos ecos que el mar, como realces sonoros de toda ciudad portuaria, hace llegar hasta sus calles aledañas mediante el frémito del oleaje rompiente en la escollera o el clamor que las gaviotas corean para atraerse y que a veces se confunde con el llanto de un niño de pecho.

domingo, 3 de mayo de 2020

Párrafos destacados (5)


De la novela “Viento de furioso empuje” (Amazon) extraigo hoy unos párrafos que aluden al viaje de los protagonistas entre Damasco y Tiro. Más tarde, en ese mismo capítulo, Yunán y Abdelaziz se enzarzan en un debate de lo más curioso sobre cuál pudo ser la razón para que los árabes se lanzaran unas décadas atrás a la conquista de tres continentes y treinta reinos.

Capítulo VI, Camino de Tiro
Desde las estribaciones occidentales de la sierra libanesa, asomados a un mirador sempiterno situado ex profeso para gozo de los caminantes, Yunán y Abdelaziz divisaron ese mar azulado y brumoso que siglos atrás los romanos consideraron Internum y que ante sus ojos bañaba la costa de la milenaria ciudad de Tiro. Salvada ya la mayor parte del trayecto desde la capital omeya, el camino comenzó a descender suavemente y a favorecer a unos viajeros que contaban con llegar a su destino antes del atardecer.

Abdelaziz había apalabrado pasaje en una nave de cabotaje que les llevaría desde Tiro hasta la ciudad de Alejandría, primera etapa marítima de un viaje a Ifriqiya que el jerife juzgaba apasionante y, por el contrario, un desplazamiento rutinario para el hijo de Musa.

Avanzaban al paso, permitiendo que sus cabalgaduras mordisquearan alguna que otra brizna de hierba junto al camino y dando tiempo a sus acompañantes para que no se rezagaran demasiado. Abdelaziz había llevado consigo seis hombres y un cargamento de provisiones y enseres personales que ocupaban dos tercios de una gran carreta; el otro tercio, así se lo comentó a Yunán días antes de la partida, prefirió dejarlo a su disposición y de cuantos libros hallaron en Damasco que tratasen sobre Hispania.

Resultaba tan exagerado como aparatoso, en opinión del jerife, el gran surtido de comestibles dispuesto por su amigo. Había para alimentar durante dos días seguidos al regimiento de la guardia califal, monturas incluidas, dicho en una de esas frases desorbitadas que a Yunán le gustaba usar ante cada exhibición de Abdelaziz respecto a cualquier producto que pudiera ingerirse.

sábado, 2 de mayo de 2020

Párrafos destacados (4)


De la novela “Viento de furioso empuje” escojo hoy unas páginas que describen la mansión de Bar Rifat, un sabio librero que es poseedor de toda la cultura de su tiempo y que llegó a conocer en persona al profeta Mahoma, con el que departió en más de una ocasión. Sus 108 años de vida, sus miles de libros leídos, su todavía despierta razón a pesar de la avanzada edad y sus numerosos viajes, convierten a Bar Rifat en el preceptor ideal para que nuestros dos protagonistas encaucen su misión con alguna posibilidad de éxito: Se trata de intuir en qué país del mundo conocido podría hallarse el libro que ellos buscan.

Capítulo V. La casa del librero
El interior de la mansión de bar Rifat se mostró a los visitantes como el alber­gue de otro mundo, de otra época. Frente a la en­trada principal, un amplio ajimez favorecía que la luz del sol, propagándose en todas las direcciones, inundase la estancia e iluminara sus formas. Paredes blancas, recubiertas en su tercio inferior con alizar pálido. Techo abovedado, alto, presumido, carente de vigas y almocarbes. Suelo de alabastrita compacta, dispuesta mediante losetas que combinaban dos tonos azulados. Mobi­lia­rio es­caso que prescindía de lo vano, apenas dos sillas de tijera con asientos de cuero situadas a ambos lados de un fanal, ahora apagado, cuyo pie de bronce imita­ba el cuerpo de una ninfa.
           
Ausencia de adornos superfluos en una mansión donde los objetos decorativos parecían haber sido pros­critos. Solo un tapiz de extraño y atrayente dibu­jo, solo él, gozaba del privilegio de adornar los muros y de recau­dar para sí cuanto haz lumino­so quedaba rechazado en lo blanco. Y frente al tapiz, a una distancia de veinte largas zancadas, surgía una esca­lina­ta que se bifurcaba para crear una tribu­na en semiplanta, cuyos antepechos en negro intenso resaltaban la nitidez de una sala donde las sillas de tijera, atemorizadas y perdi­das en la amplia dimen­sión de su entorno, re­corda­ban a miniatu­ras de duendecillo.

Los pasos de Yunán, Abdelaziz y Cirilo sonaron ensordecedores en aquella enorme estancia poco menos que vacía y de suelos pétreos. El joven Cirilo les soli­citó paciencia y abandonó la casa en dirección al patio. Los visitantes oyeron cerrarse el portalón y alejarse la carreta, con sus conductores enzarzados de nuevo en la rutinaria controversia mañanera.

Yunán y Abdelaziz ocuparon las sillas de tijera y que­daron en silencio, incluso sus respiraciones se dejaban oír entremezcladas con algún sonido de lejana naturale­za que invadía el salón a través del ajimez. Aguarda­ron largo rato, esperan­zados, sin atreverse a hablar, re­partiendo miradas entre la singular escena del tapiz, acaso alegórica de la suprema creación, y sus propios rostros.

Algo le decía a Yunán que bar Rifat podía ser el depositario de las respues­tas busca­das por ellos. El ambiente le impulsaba a pensar que no sal­drían de­fraudados de un lugar donde el conocimiento, a dife­rencia de la gruta de Nacor, parecía hallarse presente aun sin manifestarse en documen­tos a la vista. Todo allí respiraba armonía y sosiego, como si el posee­dor del espacio­so casal lo hubiera destinado al pensamiento puro, a modo de un insó­lito templo en el que compar­tir el sacramen­to de la sabiduría.

Al fin se escucharon los goznes de una puerta entreabriéndose, seguidos de pisadas que recorrían la entreplanta. Dos hombres corpulentos, armados de grandes sables, aparecieron en la balaustrada. Precedían a escasa distancia a un anciano que desde la tribuna se dirigió a los dos amigos.
           
—Soy Josué bar Rifat. Bienvenidos a mi casa, os aguardaba desde hace años.

viernes, 1 de mayo de 2020

Párrafos destacados (3)



Nuevos párrafos de la novela “Viento de furioso empuje” (Amazon), en este caso alusivos a un refugio en el desierto de Siria donde se hallan ocultos tres hombres dedicados a la revisión compulsiva de documentos: Aspiran a conocer dónde se encuentra un libro profético creado en tiempos salomónicos. Los amigos Yunán y Abdelaziz llegan a ese refugio a las pocas horas de haber sido asaltado…

Capítulo III. La gruta del desierto
Horadada por el capricho de la naturaleza durante milenios de vientos lacerantes, corrientes de agua cuyo rastro habíase borrado de cualquier recuerdo humano y tórridas temperaturas capaces de resquebrajar a fuerza de tesón el más duro basalto, la extraña gruta del desierto formaba numerosos pasadizos laberín­ticos que Yunán, tras ayudar a su amigo Abdelaziz a cubrir lo mejor posible los cuerpos de Nacor y Tobías, se dedicó a reco­rrer auxiliado de una lámpara de aceite. Repuesto en parte de la tristeza y de la enorme frustra­ción ante la muerte del anciano y de sus ayudantes, Abdelaziz quiso acompañarle en el recorrido.

Apenas pudieron contemplar paredes despejadas. Excepto un recoveco que albergaba la boca de un aljibe, así como un pequeño almacén de víveres y aceite destinado a la iluminación, más otro recinto alejado del anterior donde vieron una hendidura a modo de letrina tapada con una madera, casi todo el espa­cio disponible había sido usado para apilar documentos. Descubrieron pergami­nos a miles, trozos de vitela, tabli­llas enceradas, hojas prensadas de palmera, palimp­sestos y toda clase de material que hubiese servido para escribir, como láminas metálicas, omoplatos de camello, placas de madera, papiros…, e incluso papel.

Se distinguía un amasijo en el más perfecto desorden, revuelto sin miramiento alguno por quienes habían asaltado el lugar en busca de un texto preciso. Todo parecía haber sido revisado a conciencia y desechado por inservible. Predominaban con mucho los escritos en hebreo y en arameo judío, siríaco o persa. No faltaban docu­mentos griegos, latinos, sáns­critos, árabes, acadios, fenicios o jeroglí­fico egip­cio. Había una sala entera dedicada a la Torá y al Talmud, tanto al palestinense como al babilónico, con innume­rables rollos de Mi­dras. A la par se observaban cuantiosos volúmenes sapienciales, que incluían los libros de los Reyes, Parali­póme­nos, el Cantar de los Cantares y el libro de la Sabiduría, entre otros. Los textos se apreciaban leídos y releídos, repasados meticulosamente hasta el punto de no resultar extraño advertir abun­dantes anotaciones marginales y pliegos manchados de restos de alimen­tos.

jueves, 30 de abril de 2020

Párrafos destacados (2)


Tomados de la novela “Viento de furioso empuje”, ofrezco hoy varios párrafos que describen el ambiente en el zoco de Damasco, donde el protagonista de la obra, Yunán, debe encontrarse con un nuevo amigo, Abdelaziz, que le entregó una misteriosa moneda de oro en la antesala de la audiencia ante el califa y acerca de la cual se ofreció a aclarar su origen.


Capítulo II. Cita con Abdelaziz en el gran zoco de Damasco
Yunán alcanzó la entrada principal del zoco y se detuvo algún tiempo para advertir la presencia de Abdelaziz. Paso a paso, inclinado a no internarse demasiado en el mare mágnum de tenderetes y baratillos, ganó terreno hacia el interior del mercado. Se sentía atraído por la tracamundana de una clientela que se movía en todas las direcciones y acarreaba los objetos más insólitos. Otro tanto podría decirse del sinnúmero de vendedores ávidos de traficar con toda suerte de productos, que pregonaban a voz en grito.
            Contagiado al fin de un ambiente donde al vocerío de quienes ofrecían lo más ventajoso, a precio inigualable, se sumaba el regateo no menos estridente de quienes pretendían dejar esos mismos precios en un tercio de lo pedido, Yunán se entregó a la agitación vocinglera* del lugar y se dedicó a exa­minar las novedades del bien surtido mercado de la capital omeya. No obstante, mantuvo un ojo más allá de su entorno por si veía a Abdelaziz.
            Cuando habían transcurrido unas dos horas de su llegada al mercado y Yunán comenzaba a estar harto de saludar conocidos, que se arrima­ban a él, sobre todo, para que terciase ante su padre. Cansado en igual medida de ingerir alguna que otra escudilla de alimentos guisados Dios sabe cómo, de presenciar competiciones de alquerque, de hojear libros que invariablemente, así eran pregonados, contenían todo el saber de este mundo, de esquivar azacanes que ofrecían la más fresca de las aguas, de rechazar no sin di­ficul­tad a una patulea de vendedo­res ambu­lan­tes de toda especie, entre los que se mezclaban limos­ne­ros de oficio y alcahuetes arrimadizos...
            Y justo en el instante, ya a las afueras del zoco, en que iniciaba una sarta de repro­ches hacia sí mismo al no haber con­cre­tado más el lugar del encuentro, Abdelaziz apareció a lomos de un magnífico caba­llo que manejaba con destreza mientras tiraba de las bridas de una segunda montura, también de buena planta, que le ofreció sonriente.

miércoles, 29 de abril de 2020

Párrafos destacados (1)


Inicio hoy una nueva sección dedicada a la novela “Viento de furioso empuje”. En las siguientes entradas trataré de incluir una selección de aquellos párrafos que más me satisfacen y considero representativos del conjunto de la obra. El objetivo, debo confesarlo, es convencer al posible lector de que la novela posee la calidad suficiente para ser adquirida y, desde luego, para disfrutarse. Disfrute que me han expresado ya algunos de sus lectores, a los que agradezco mucho esas opiniones.



Capítulo I. Descripción del salón de actos del palacio califal en Damasco

Yunán acompañó al secretario y accedieron a un gran salón rectangular cuya techumbre de alfarje, con maderas labradas y entrelazadas, se encumbraba mediante columnatas de mármol serpentino. En el salón, además de un enjambre de sirvientes uniformados que se movían ofreciendo refrescos y tentempiés, varias docenas de hombres permanecían a la espera de ser recibidos por el monarca. Algunos de esos hombres ofrecían un aspecto de sumo aburrimiento, de tedio, sentados aquí y allá, conciliando algún sueño o alguna fantasía que les arrimase al poder; otros, por lo común en parejas, paseaban su impaciencia a lo largo de un itinerario zigzagueante, de pavimento algo gastado, que discurría entre fuentezuelas y pebeteros con figuras de alcanfor.

También menudeaban, acomodados al sol de las celosías, ciertos seres de apariencia tranquila y piadosa para quienes la oración, rosario en mano, suponía una forma eficaz de combatir la espera, circunstancia que a veces requería varios meses de paciencia y de rezos. Otros, en fin, daban por hecho que serían llamados ese día a presencia del califa y ensayaban frases y frases, a veces en tono audible para los más cercanos, con objeto de impresionar al monarca llegado el momen­to.

En aquella pluralidad de mortales de tan variado pelaje, malhumorados los más por el consabido plantón del soberano, se adver­tía un grupo de individuos acerca de los cuales diríase que formaban un gremio de expertos de la antesa­la. Daban la impresión —según observó Yunán—, de no resentirse de la holganza al entretener el tiempo en el ejercicio de la tertulia en torno a un corrillo, una forma como otra de solucionar los problemas del mundo. Al ver cruzar al nuevo visitante camino de la estancia contigua, varios de ese corrillo se sintieron molestos y comenzaron a desdeñar sin disimulo alguno...

martes, 28 de abril de 2020

Otras curiosidades del siglo VIII (23)


En algunos pasajes de la novela “Viento de furioso empuje” (a la venta en Amazon, ebook 3,55€), hay lances que se producen a lo largo de una ruta situada entre Medina Sidonia y Écija, localidades donde se libraron sendas batallas favorables a los musulmanes. Y amplío: no pocas de las peripecias más humorísticas de la obra transcurren de un modo itinerante, hasta el punto de que uno de los personajes más dicharacheros, Policronio, no vacila en implorar ayuda al dios de los bebedores de vino rancio mientras que, algo más tarde, un frailecillo con razonable cara de tarugo afirma en su descargo que él no aclara ciertas dudas porque practica el noble arte de “saber escuchar”.

Calzada: En su desplazamiento hacia Toledo, Tariq tuvo la opción de usar un gran tramo de la Vía Augusta (principal calzada de la época), tomándola a la altura de Lebrija (Nabrissa) e incluso antes, para luego seguir con cierta comodidad hasta Linares (Ad Aras), donde la calzada se alejaba de la ruta del musulmán y se dirigía hacia Cartagena (Carthago Nova o Karthagine Spartaria). Por razones que se desconocen, Tariq prefirió escoger calzadas secundarias que le llevaron hasta Toledo.

Condado (condado-civitate): Se trata del territorio que conocemos como provincia-condado para distinguirlo de la provincia-ducado. La división territorial visigoda fue básicamente la misma que la romana, si bien se crearon condados a partir de la autonomía progresiva de algunas ciudades y su entorno. A su vez fueron desapareciendo las demarcaciones territoriales romanas denominadas conventos jurídicos. Un ejemplo de provincia-ducado sería la Bética, que en la época de Augusto comprendía 175 ciudades y estaba dividida en cuatro conventos jurídicos con capitales en Sevilla, Écija, Córdoba y Cádiz, las cuales pasaron a ser sedes, ya en época visigoda, de sus respectivos condados, a cuyo frente se situaban un conde, un juez o un obispo, siempre dependientes del duque de la provincia, que se instaló primero en Córdoba y más tarde en Sevilla. Los condados, a su vez, estaban divididos en territorios menores llamados vicus (equivalentes a comarcas), regidos por un legado que ostentaba el título no hereditario de iudex vicarius.

Sal: En la época que nos ocupa (siglo VIII), la sal era un componente esencial en la conservación de los alimentos. Muchas de las epidemias de la Edad Media se originaron tras una escasez de sal, de ahí que en las grandes ciudades, como Damasco, existiera un mercado exclusivo para la venta de sal.

lunes, 27 de abril de 2020

Otras curiosidades del siglo VIII (22)


En la novela histórica “Viento de furioso empuje” (Amazon), como en toda obra con pretensiones de narrativa total (es el lector el que debe valorar si se ha logrado), pueden advertirse, además de no pocas acciones, aventuras y diálogos, ciertas curiosidades que han dado pie a esta serie de entradas en el blog. Eso sí, en la novela también se incluyen hechos de apariencia milagrosa y, de añadidura, unos cuantos misterios. Veamos uno de esos misterios, referido en esta ocasión a Rodrigo, rey de Hispania (España + Portugal).

Rodrigo: Según ciertas crónicas, el cadáver del rey Rodrigo nunca pudo hallarse tras la batalla contra Tariq cerca del río Guadalete, en los llanos de Sidonia, la actual Medina Sidonia. Se comenta que en la localidad de Viseu (Portugal) descubrieron una tumba con la siguiente inscripción: Aquí yace Rodrigo, rey de Hispania. Tal descubrimiento dio pie a numerosas especulaciones e incluso hubo quien aseguró que Rodrigo no murió en Guadalete y reinó durante algún tiempo en el norte de Portugal. En el supuesto de que la tumba no fuese más conmemorativa que real, lo más probable es que encerrara el cadáver del rey, herido de gravedad en la batalla. Conviene aclarar que el descubrimiento, de ser cierto, se produjo hace muchos siglos y en la actualidad no hay ni rastro de la citada tumba en la localidad de Viseu.

domingo, 26 de abril de 2020

Otras curiosidades del siglo VIII (21)


En la novela “Viento de furioso empuje” (Amazon) se destaca a un personaje histórico, del que se habla a menudo, como gran artífice de la llegada al poder del rey Rodrigo y, tras la desaparición del citado monarca, como líder de la resistencia contra los musulmanes en el levante de Hispania. Me refiero al visigodo Teodomiro, un grandísimo estratega como dejó demostrado en varias ocasiones.  

Teodomiro (en árabe Tudmir): Fue uno de los condes de la Cartaginense. Poseía numerosas tierras y villas en esa provincia y residía indistintamente en Orihuela (Aurariola) o Caravaca de La Cruz (Asso). Gozaba fama de general invicto. Se dice que en el 695 contribuyó a rechazar un desembar­co bizantino en las costas andalu­zas y que en el 709 derrotó una escuadra, igualmente bizantina, que procedía de las Islas Baleares y asolaba la región de Cartagena.

También se afirma que, al lado del rey Rodrigo, participó decisivamente en la batalla librada hacia el 710 (algún historiador la emplaza en las proximidades de Zaragoza) que en­frentó a las tropas reales con los partidarios del joven heredero Aquila, al mando de cuyas huestes figuraba el duque Requesindo. A partir del 711, Teodomiro mantuvo una lucha constante contra los invasores musulmanes. Si bien perdió una importante batalla contra Abdelaziz ben Musa en la llanura de Lorca o Sangonera la Seca, según fuentes.

Mediante el engaño de disfrazar a las mujeres con indumentaria guerrera, colocarlas en las murallas de Orihuela y aparentar un elevado número de defensores, logró arrancar un pacto al hijo de Musa (ver imagen) que le convirtió en señor indepen­diente de una amplia región del sureste de España (Cora de Tudmir). Algunos historiadores consideran a Teodomiro un personaje de primerísima fila, incluso comparable a Pelayo, si bien se reveló unos cuantos años antes.

sábado, 25 de abril de 2020

Otras curiosidades del siglo VIII (20)


En la novela histórica “Viento de furioso empuje” (Amazon), además de relatarse la confrontación bélica ocasionada por la invasión islámica de Hispania, se produce una gran controversia acerca de la posible influencia del dominio sarraceno, de ahí que haya personajes visigodos, alguno de gran entereza moral, que no duden en calificar de renovadora e incluso benefactora la llegada de los invasores, puesto que en los siglos de dominio visigodo se creó mucha opresión hacia la mayoría hispánica. Y aún fue mayor el avasallamiento hacia la abundante población judía.

Influencia: Hay quien sugiere que tal vez pudiera justificarse el pensamiento de algunos visigodos emplazándolo en su momento histórico. Durante muchos cientos de años, la civilización, la riqueza, la creatividad, el pensamiento filosófico, las grandes religiones... se dieron cita, sobre todo, en lo que hoy conocemos como Oriente Próximo o en esa Hélade a caballo entre Europa y Asia.

A diferencia de nuestros días, en los que el mundo occidental marca la pauta de la abundancia y el bienestar social, Persia, Siria, Mesopotamia, Egipto, Bizancio... fueron los referentes de prosperidad y cultura que muchos poseían; por lo que no parece extraño que una nueva civilización, la islámica, que había sido capaz de conquistar y asimilar tantos territorios de dispares razas y credos, fascinara a gentes de la alta edad media y la considerara aceptable para renovar la forma de vida de un reino tan arbitrario como el visigodo.