VIENTO DE FURIOSO EMPUJE

VIENTO DE FURIOSO EMPUJE
Alegoría de la batalla de Guadalete, julio de 711 - Autor del lienzo: J. M. Espinosa

miércoles, 20 de junio de 2012

Amanecer en Tiro


Imagen actual del puerto viejo de Tiro. En la época del relato, Tiro contaba con dos puertos relativamente cercanos.


Inicio del capítulo VIII

   El amanecer en Tiro fue tan ruidoso como Yunán sospechaba, los sonidos procedentes de los puertos invadían la habitación. Incluso desde la planta baja de la posada llegaban voces de clientes madrugadores. La luz del alba comenzaba a filtrarse y el jerife pudo comprobar cómo Abdelaziz preparaba dos pequeñas alfombras para que ambos rezasen. Todo indicaba que Juan y Gregorio se habían marchado.
   Yunán bajó al retrete del patio, practicó después las abluciones de rigor en un lavadero cercano y subió junto a su amigo para iniciar el rezo. Más tarde se dirigieron al comedor y encontraron a Hamid, desayunando. Se hallaba solo y se sentaron junto a él, en una de las grandes mesas, y al poco se incorporaron los hombres de ben Musa. Uno de los mozos de la posada llegó con una fuente de tortitas calientes, una gran jarra de leche y un jarrillo de miel. Abdelaziz roció las tortas con miel, se apartó cuatro de ellas y fue mojándolas en un pocillo de leche que previamente se había servido. De inmediato pidió otra fuente de tortitas para los suyos, así como una hogaza de paz, cecina y media bola de queso, e invitó a Yunán a que no se demorase.
   -Hoy es un día de mucho trabajo y hay que aligerar —dijo Abdelaziz, entre bocado y bocado.
   -Parece que has madrugado bastante, ¿viste marcharse a Juan y Gregorio?
   -Sí, y me encargaron que te saludase.
   Concluyeron en el comedor y Abdelaziz ordenó dirigirse hacia el patio. Se aseguró que hubiese comido el hombre que en ese instante permanecía de guardia en el carro y pidió que descargasen los libros y engancharan las mulas. Luego se dirigió a Yunán y le comentó:
   -Voy a llevar la mayor parte de esta comida a una familia que conozco bien. Me gustaría que me acompañases, pero si lo prefieres puedes aguardar aquí o visitar la zona.
   -¡Hombre de Dios, al fin se desvela el secreto de un carro tan cargado! —Exclamó Yunán, alegrándose del propósito de su amigo.

viernes, 8 de junio de 2012

La posada de la Cuba


La imagen se corresponde a una antigua posada (restaurada) en la ciudad de Tiro

El diálogo pertenece al capítulo VII de "Viento de furioso empuje"
   
   Bajaron hacia el comedor y al llegar a la primera planta observaron que el posadero Ulpiano, mientras asía una bolsa de monedas, no cesaba de reverenciar a un individuo de aspecto distinguido.
   -Sí, mi señor Yahya, ahora mismo te prepararán cuanto has ordenado. ¡Puedes dar por hecho que el cabrito estará a tu gusto! —Exclamó el posadero, sopesando la bolsa a su espalda.
   Al contemplar una escena tan servil, Yunán comprendió que Ulpiano acababa de cobrar la deuda con los ciudadanos de ninguna parte y que las llagas anímicas del posadero habían cicatrizado de golpe mediante la dosis justa de bálsamo de plata.
   Yunán trató de fijarse en el rostro de Yahya, aunque apenas llegó a distinguirle. El otro personaje, supuestamente Alí, le llamaba desde el fondo de la estancia y Yahya se adentró.
   Ulpiano, al ver aparecer hablando entre sí a cuatro de sus huéspedes principales, efectuó una última reverencia a Yahya, en este caso a la espalda de Yahya, y se volvió hacia el grupo. Pero antes —observó Yunán—, no fuese que se confundiera con usura el pago a sus bienhechoras obras, introdujo la bolsa entre sus costillas y su camisa. Después se apretó dos ojetes el cinturón y empujó el tesoro hacia atrás para evitar que acabase indefenso en el suelo. Y cómo sería el impulso que Ulpiano le dio a la bolsa, que al punto se advirtió la presencia de un posadero cheposo de lucro y repleto de desconfianza.
   -Nobles señores —comenzó obsequioso—, noto que habéis congeniado vuestra vecindad de habitación y ello me mueve a pensar que acaso queráis compartir la cena. Al respecto, puedo ofreceros un surtido de las más deliciosas carnes y los pescados más frescos, ya que esta costa nuestra es pródiga en especies sabrosísimas...
   -Amigo Ulpiano —interrumpió Abdelaziz, ejerciendo decididamente el mando en la cuestión alimenticia—, sabes por otras veces lo que debes servirme y en qué cuantía, que mis hábitos son casi inmutables e ineludibles; cuanto más esta noche, que compartiré la cena con unos amigos de quienes espero su mejor charla.
   -Yo prefiero algo ligero que... —intentó decir Yunán.
   -A Yunán le preparas otro tanto de lo mismo que me sirvas a mí —se inmiscuyó el bonachón—, y lo que él no saboree pasará como guarnición a mi plato. En cuanto a nuestros acompañantes, quedan invitados a ese vino albillo que atesoras en tu casa, no en balde llamada “Posada de la Cuba”, así como a una ración de pescado asado, viudo de salsas, que les haga creer que no han cenado y que, junto al vino, primero les incite a pensar bien, luego a departir mejor y a la postre les avive el sueño de los soñadores.

lunes, 28 de mayo de 2012

Tiro


Citada muy a menudo en la Biblia, Tiro se fundó probablemente en el tercer milenio antes de Cristo.


Inicio del capítulo VII
   Apenas quedaba una hora para que se cerrasen las puertas de la ciudad de Tiro. Las negruras de la noche, desconsoladas a perpetuidad ante el perdido esplendor de la urbe, no tardarían en deambular entre sus calles angostas y milenarias. A esas sombras se unirían, a modo de consortes nocturnos, el cendal de la bruma marina impregnándolo todo de gris, los olores del salitre y el alquitrán de calafate y ciertos ecos que el mar, como realces sonoros de toda ciudad portuaria, hace llegar a tierra mediante el frémito del oleaje rompiente en la escollera o el clamor que las gaviotas corean para atraerse y que a veces se identifica con el llanto de un niño de pecho.
   Entraron en la población y se dirigieron rectos a la posada que ben Musa dijo conocer. El posadero, un hombre cincuentón de aspecto cansado, con cabeza de tarro, cráneo calvo, barba muy tupida y origen heleno, les recibió usando mil zalamerías empalagosas y les indicó el lugar del patio interior donde podían situar el carro, asunto a lo que Abdelaziz se dedicó personalmente: Desde el suelo sujetó con ambas manos el bocado de las mulas y con habilidad las hizo maniobrar. La acción fue casi impecable, como ensayada, un hecho que le demostró a Yunán la experiencia que su amigo poseía y de la que podía deducirse que había introducido más de un carro en ese patio.
   Se aseguraron de que los víveres y libros quedaban bien situados y al cuidado de uno de los ayudantes, que debía montar guardia hasta que fuese relevado. Acomodaron las caballerías en la cuadra, asignaron camastros en la planta baja para la gente de Abdelaziz y para el anciano Hamid y los dos amigos siguieron al posadero hacia una habitación del segundo piso.
   Fue el mismo posadero, resoplando sus años y su engrosado cuerpo, el que lámpara en mano les guió escaleras arriba mientras definía la situación de su negocio:
   -Mi señor Abdelaziz, te ruego que me disculpes al no ofrecerte tu estancia de otras visitas, la tengo ocupada desde hace tiempo por dos hombres que dicen ser nobles y que aguardan una importante provisión de caudales.
   El posadero se paró en el descansillo de la primera planta, prendió la mecha de otra lámpara de aceite colgada en la pared y señaló hacia la habitación aludida.
   -En ese caso, amigo Ulpiano, si hace tiempo que habitan mi antigua estancia no parece conveniente que les desalojes, ya que su buen dinero te habrán dado a ganar.
   -Ahí radica el problema, señor, salvo el adelanto de la primera semana no he visto de ellos ni un solo dirham. Sospecho que su nobleza y su plata se hallan en algún lugar llamado ninguna parte, desde donde se tarda más de la cuenta en llegar hasta Tiro y un tanto de añadidura hasta esta posada. ¡Estúpido de mí por confiar a ciegas en las apariencias!

martes, 22 de mayo de 2012

El elefante atado a un cabello



   
El diálogo ha sido extraído del capítulo VI de "Viento de furioso empuje"

   Yunán dudó, su amigo no le prestaba mucha atención, llevaba la mirada clavada en el horizonte y diríase que tenía el pensamiento en otro lugar. Pero Abdelaziz, demostrando que sabía atender aunque se mostrase ausente, le apremió con un gesto para que concluyera.
   -... Quería decir que lo más probable, a mi entender, es que Saijún fuese aquel individuo que se acercó a nosotros y nos habló del peligro en la zona de los morones.
   -Pero si aquel hombre parecía un sirviente casi harapiento... ¡Lo ves, ya me has provocado! No te he dicho que no quería hablar del asunto —Abdelaziz acabó riendo—. ¡Desde luego, a mí me convence cualquiera!
   -Ya sabes, Abdelaziz, que he viajado durante bastantes meses por las regiones persas. Allí escuché un aforismo que no me resisto a dejar de narrarte y que viene a cuento de mi deseo de conversar y tu interés en no hacerlo. Dice así: “Una mano suave puede guiar a un elefante atado a un cabello”.
   El hijo de Musa soltó la risotada de costumbre y su respuesta fue inmediata:
   -Comprendo, Yunán, comprendo. El elefante soy yo, incluso el peso no me falta; tú eres la mano suave, al usar frases medidas. ¿Y el cabello? ¿Qué representa aquí al cabello?
   -Creo que el cabello es, en este caso, el empeño en rebatir mi razonamiento para que prevalezca tu opinión. Nos pasa a todos, principalmente cuando no damos el brazo a torcer y convertimos la obstinación en el cabello del que puede tirarse.
   -¿Crees que Saijún era el viejo harapiento?... ¡Razónalo de manera convincente o dejaré que tu montura viaje cien pasos delante de la mía!
   Yunán reparó en que Abdelaziz había usado una especie de amenaza ficticia, excedida aposta y en un tono ampuloso para que se advirtiera su intención de no cumplirla.
   -Hablas del sirviente harapiento y le descartas para ocupar el puesto de Saijún. Pues bien, precisamente por verle desaseado, más que harapiento, considero que reúne los requisitos necesarios para que sea el hombre que buscamos. Veamos, además de un malvado, ¿quién se supone que es Saijún? La respuesta es simple: Un vehemente buscador del libro. Ahora te pregunto: ¿Observaste el aspecto de abandono en Nacor y en sus ayudantes? ¿Reparaste en los abundantes pliegos con restos de alimentos que había en la gruta?
   -Sí, sí, todo eso lo advertí —respondió presuroso Abdelaziz.
   -Pues entonces está claro, ¿no?
   -No, no hay nada claro.
   -A mi modo de ver no puede ser más sencillo, el que consagra su vida a la pesquisa del libro, que sería el caso de Saijún, apenas dedica tiempo a las necesidades de su propia persona. En tales circunstancias, podría decirse que todas las horas son pocas para utilizarlas en la actividad principal: la búsqueda. Comúnmente, amigo mío, suele ocurrirles lo mismo a cuantos practican una labor que enardece, sea el arte, la guerra, la religiosidad..., el tiempo no cuenta ni existe para ellos fuera de su apasionante dedicación.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Camino de Tiro


  

El diálogo ha sido extraído del capítulo VI de "Viento de furioso empuje"

   -Parece mentira, Abdelaziz, que no te importe demasiado que más de la mitad de esa comida se pudra antes de que lleguemos a Kairuán. Aunque has escogido vituallas de larga duración, algunas de las cuales parecen caprichos destinados a los niños, una parte de lo que transportamos no huele ya demasiado bien. Y sólo han pasado tres días desde nuestra salida de Damasco. Incluso es posible que acabemos comiendo algo corrompido que nos produzca un trastorno de vientre.
   -En el carro todo huele como corresponde, sólo algún faisán atufa un poco, pero en cuanto se desplume, se vacíe y se enjuague a conciencia yo seré el primero en saborearlo. Es más, precisamente en los barcos se come fatal y he padecido en mis tripas más de un serio desbarate. ¡Si lo sabré yo!, que he realizado diez o doce veces este viaje y siempre he pasado hambre o mal de panza.
   -Mi padre tendría que oírtelo decir, aún recuerdo la expresión de su rostro cuando en la cena que nos ofreció diste cuenta de medio cabrito y un centenar de exquisiteces —respondió Yunán, deseoso de una charla intrascendente con su amigo.
   -Yo también recuerdo sus gestos —secundó Abdelaziz, con una sonrisa pícara que puso en guardia a Yunán respecto a las frases que seguirían—. Ahora bien, seamos sinceros, el cabrito propendía a palomo de tan pequeño que era. Durante la cena deduje que a lo sumo se trataba de un cabrito nonato al que incluso, valorando su tamaño, le busqué las alas para descartar que estuviese comiendo ave subrepticia. Suerte que no las encontré, de ahí que me decidiese a seguir picoteando entre esos otros platos que tú, con verdadera malevolencia, los acusas de contener exquisiteces. Eso sí, en pago a mi necesidad natural de saciar el hambre, estuve a punto de extraer de mi bolsa algunas de esas monedas visigodas que conocemos y ofrecérselas a tu padre. Incluso había estudiado unas palabras que al final no me atreví a pronunciar para no ofenderle: “Toma, Sufián, dile a tu hijo que compre un rebaño y os coméis los cabritos a mi salud. No quisiera sentirme culpable de dilapidar en una simple cena todo vuestro patrimonio”.
   Abdelaziz transformó la sonrisa inicial en una carcajada de diversión. Yunán no pudo por menos que reírse igualmente ante un discurso sacado de quicio que eludía por completo la realidad de una cena espléndida. 

miércoles, 9 de mayo de 2012

Os aguardaba desde hace años


La imagen representa a un anciano de figura patriarcal, en este caso San Pablo, de Rembrandt

Párrafos extraídos del capítulo V de "Viento de furioso empuje"

Al fin se escucharon los goznes de una puerta entreabriéndose, seguidos de pisadas que recorrían la entreplanta. Dos hombres corpulentos, armados de grandes sables, aparecieron en la balaustrada. Precedían a escasa distancia a un anciano que desde la tribuna se dirigió a los dos amigos:
   -Soy Josué bar Rifat. Bienvenidos a mi casa, os aguardaba desde hace años.
   Bar Rifat, cuyo aspecto de mirada distancia­da y abundante barba blanca recor­daba la imagen de un patriarca, comenzó a descender con lenti­tud la escalera para acercarse a los visitantes, que no dudaron en ponerse en pie de inmediato y mostrarse impresionados por el aire de sencillez y nobleza del anciano, así como por las palabras que acababa de pronunciar.
   -¿Cómo es posible que nos aguardes desde hace años, noble anciano? —Preguntó Abdelaziz, conturbado ante el enigmático comentario.
   -Me han dicho que uno de vosotros es Abdelaziz, ¿eres el hijo del emir Musa?
   -¡Dios santo!, me sorprende que relaciones un nombre tan corriente como el mío con el de mi padre, que hace varios años que falta de estas tierras.
   -No debes sorprenderte, mi buen Abdelaziz, sé de ti y de tus inquietudes. ¿Quieres presentarme a tu compañero?
   -Se llama Yunán, es hijo del visir Sufián.
   -Seguidme —el anciano despidió a sus guardianes mediante un gesto, éstos se retiraron unos pasos y se situaron junto a la entrada principal.
   Los visitantes escoltaron a bar Rifat hacia una puerta situada en el hueco de la escalera. El acceso les condujo a otra estan­cia de menor tamaño en la que había un gran baúl arrimado a una de las paredes y varios almohadones en torno a una mesa baja, cercanos a la pared opuesta.
   -Acomodaros, hablaremos —invitó el anciano.
   -Todavía estoy extrañado de tus afirmaciones —dijo Abdelaziz—. ¿Puedo preguntarte, noble anciano, de qué me conoces?
   -Te conozco por la misma razón que os aguardaba desde hace años… —Alegó bar Rifat, que interrumpió su frase al abrirse la puerta y entrar una bella joven con el rostro descubierto.

jueves, 3 de mayo de 2012

La casa del librero


La imagen representa un patio de estilo oriental, en versión modernizada, donde los protagonistas de la novela se encuentran con el anciano que les pone a prueba y acaba por desvelarles algunos de los apasionantes secretos que envuelven la búsqueda de un libro inspirado por el Altísimo.  

  El texto corresponde al inicio del capítulo V
  
   El interior de la mansión de bar Rifat se mostró a los visitantes como el alber­gue de otro mundo, de otra época. Frente a la en­trada principal, un amplio ajimez favorecía que la luz del sol, propagándose en todas las direcciones, inundase la estancia e iluminara sus formas. Paredes blancas, recubiertas en su tercio inferior con alizar pálido. Techo abovedado, alto, presumido, carente de vigas y almocarbes. Suelo de alabastrita compacta, dispuesta mediante losetas que combinaban dos tonos azulados. Mobi­lia­rio es­caso que prescindía de lo vano, apenas dos sillas de tijera con asientos de cuero situadas a ambos lados de un fanal, ahora apagado, cuyo pie de bronce imita­ba el cuerpo de una ninfa.

viernes, 27 de abril de 2012

La alquería


  
El siguiente texto corresponde al capítulo IV de "Viento de furioso empuje":

   Marcharon hacia las afueras de la ciudad, no sin que antes el aguador cediese los útiles del negocio a otro miembro de su gremio, que no convenía que la leche se agriase, las almojábanas se revinieran y el peso transportado multiplicara la distancia.
   Y ya en la periferia de Damasco, cuando hacía largo rato que habían cruzado las murallas, Hassán les hizo desviar del camino principal y les dirigió hacia un gran caserón rodeado de otras casas menores con almunias, árboles frutales y palmeras. El buen aspecto de la casa solariega y las tierras que recorrían, ricas y bien trabajadas, demostraban la condi­ción acomoda­da del li­bre­ro.
   Justo al llegar frente a la mansión, se abrió un portalón lateral que comunicaba con el patio y del que vieron surgir a un joven que asía de las bridas a una pareja de mulas, las cuales tiraban de una carreta abarrotada de libros de toda especie. Desde la parte trasera de la carreta, un segundo sirviente, de gran parecido físico al primero y de bastante más edad, echaba sobre los libros una tela embreada destinada a evitar el polvo del camino o cualquier inclemencia. El encargado de tapar los libros, de aspecto más venerable que mañoso, reprochó al otro las prisas de última hora. A lo que el joven, agobiado por el reproche, respondió con una frase que parecía formar parte de la rutina diaria:
   -¡Desde luego, padre, cada mañana la misma escena! Si salimos tarde hacia el mercado, nada podrá censurarnos nuestro señor. Bien sabes que utilizo parte de la noche en leer para él. ¡Y alguna vez tendré que dormir!
   -¡Silencio, ingrato, y aligera!
   Distraídos ambos servidores en el ejercicio de sacar una carreta cargada de libros y prisas, no habían reparado aún en la presencia de los visitantes frente a la puerta principal, asunto al que Hassán, mediante una voz, puso remedio de inmediato:
   -¿Cirilo, puedes atendernos?
   Al escuchar el nombre, Cirilo era el padre y Cirilo el hijo, ambos se giraron extrañados al ver allí al aguador acompañado de dos hombres con aspecto distinguido.

domingo, 22 de abril de 2012

El aguador




La figura del aguador ambulante o azacán forma parte de la tradición árabe. En la novela surge un personaje singular, llamado Hassán, que vende agua y leche en el zoco de Damasco y presta una gran ayuda a los protagonistas.


El siguiente diálogo corresponde al capítulo IV de "Viento de furioso empuje":

   Y allí, en el zoco, se hallaron ambos apenas comenzaron a abrir los establecimientos que circundaban la gran plaza o a instalarse en su explanada los primeros puestos y tenderetes.
   Sin que hubiesen dado una docena de pasos les salió al encuentro Hassán, el aguador recadero con quien Yunán mantenía cierta deuda.
   -¿Necesitas agua, mi señor Yunán? —Preguntó Hassán, haciéndole notar su presencia.
   -Amigo Hassán, eres un vendedor con talento, es innegable que ofreces lo que tienes cuando en realidad lo que deseas es reclamar. Toma este dirham que había preparado para ti.
   -También puedo ofreceros leche templada, mi señor, la bebida más reconfortante para dos nobles que pasean a hora infrecuente la zona del mercado.
   -Si no está muy aguada, aguador, acepto de ti una altamía de leche y un par de almojábanas de esa bolsa. Espero que a la leche le hayas puesto la miel necesaria —dijo Abdelaziz en tono de chanza, señalando hacia una talega de rejilla que el aguador llevaba colgada al hombro y de la que surgía un olor de lo más apetitoso.
   -Ponme otro tanto a mí —secundó Yunán.
   Contento ante el comienzo de una jornada prometedora, Hassán se esmeró con sus clientes, les llenó de leche las altamías y les entregó dos almojábanas a cada uno.
   -Cuando terminéis de comer, podéis limpiaros con toda tranquilidad en este paño, seréis los primeros en usarlo. Por otra parte, dejadme deciros que es posible contar conmigo para toda clase de negocios —añadió con cierto tono de complicidad—, ya que desde muy niño frecuento el zoco y conozco a fondo su entramado de mercancías y prestaciones.
   -Lo que nosotros buscamos, Hassán, quizá no esté en tus manos ofrecerlo —dijo Yunán.
  -Suponía que algo buscabais al veros aquí en hora tan temprana, cuando sólo han aparecido los primeros vendedores de frutas y hortalizas y aún tardarán en asentarse los que ofrecen armas y objetos de colección.
   -¿Qué sabrías decirnos de unos extranjeros que visten capas negras y están dirigidos por un hombre muy robusto? —Preguntó Abdelaziz.
   -¿Te refieres a los judíos? —Preguntó a su vez Hassán.
   -No conocemos su religión. El hombre robusto, que dicen es un príncipe, lleva una capa donde abundan los rubíes morados del país de Balaj —comentó Yunán.
   -Sí, son los judíos, y ese hombre cabalga sobre una montura enorme que hace juego con su tamaño. En cuanto a los rubíes, yo desconozco dónde pueda hallarse el país de Balaj, sólo sé que los extranjeros pertenecen a un reino bañado por las aguas del mar de los romanos. En el último mes, a algunos de ellos les hemos visto indagar en el mercado. Les interesaban los libros y las armas.

lunes, 16 de abril de 2012

El destino de los pueblos


El libro de la imagen, compuesto de pergaminos cosidos que se enrollan sobre un eje situado en el extremo derecho, vendría a ser un ejemplo muy modesto del gran libro que los protagonistas de "Viento de furioso empuje" ansían encontrar. Aun cuando no posee título alguno, en la novela se alude a él con el nombre de "El destino de los pueblos".


El siguiente diálogo corresponde al capítulo III de "Viento de furioso empuje":

   -Podría ocurrir que llegáramos a tener el libro en las manos y no supiéramos identificarlo. ¿Cómo saber cuál es el libro que buscamos?
   -Dicen que está compuesto de numerosas ilustraciones y texto, y que en cada una de sus haces o láminas, en el margen superior derecho, lleva punteado a buril el tetragrámaton judío que representa la palabra Dios.
   -Eso que comentas no parece muy lógico, para los hebreos está prohibido representar el nombre de Dios e incluso citarlo de viva voz fuera de la oración.
   -Puede que sea así, pero según Nacor el tetra­gráma­ton figura en cada una de las páginas del libro, y orlado con rama de olivo en oro…
    -Y el tamaño, ¿se sabe cuál es?
   -Lo desconozco, si bien tengo entendido que es un libro con hojas de vitela finísima o membranas, aglutinadas y acabadas en tono hueso, cosidas entre sí con hilos de seda por los márgenes y enrolladas sobre un eje de bronce con extremos en forma de pomo. Dispone de numerosas columnas de texto a razón de una o dos por cada hoja, según contengan dibujos o pinturas al encausto. El libro se halla cerrado mediante un marbete rojo que lo envuelve y lo precinta, donde se anotó que fue forjado por encargo del Altísimo, loado sea. Arranca en sus primeras láminas con la creación del ser humano, comenta la época de los pueblos más antiguos, las ciudades, los primeros imperios… Son láminas de información exhaustiva, fáciles de repasar y descifrar para quien domine el idioma de los judíos, no obstante haberse usado un hebreo pretérito. Y cuenta Nacor que, según le dijeron a él, al abordar nuestros días apenas has comenzado a leer, pues quedan inéditas miles de láminas, soldadas entre sí e imposibles de despegar hasta que no has leído palabra a palabra todas las anteriores. Y dicen también, ¡he ahí lo más asombroso!, que al intentar leerlo jamás llegas al término. En una ocasión me comentó Nacor que hicieron falta seis bueyes para arrastrar la carreta que transportó el libro desde el palacio de Salomón hasta el templo de Jerusalén. Como puedes deducir, el rey sabio se mostraba favorable a las obras voluminosas, quizá porque así se aseguraba el respeto escrupuloso hacia su encargo divino: nadie desearía leer a fondo y desde la primera página semejante mamotreto. ¡Ja, ja, ja…! —Abdelaziz concluyó con una risotada
    -En mi opinión, lo de la lectura imposible sin haber leído previamente cada palabra anterior o lo de los seis bueyes que se precisaron para transportar el libro, entre otros detalles chocantes, son exageraciones que han ido agrandándose con el paso de los siglos. El mismo Nacor no debía creer tal historia y tú me la has contado engarzada con tus propias carcajadas de incredulidad. Más bien presumo que se trataba de un simple carro de dos ruedas tirado por un borrico, que a intervalos, en los tramos cuesta abajo, montaba el aprendiz del carretero para frenarle el ímpetu al animal —exageró a su vez Yunán, sonriente y contagiado de la risa bonachona de Abdelaziz.
    -Así es, amigo mío, ciertos datos, por ejemplo la historia de los bueyes, no puede creerlos nadie.