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lunes, 20 de agosto de 2012

La búsqueda del capitán Tartús

Plano de la ciudad de Alejandría a principios de nuestra era. En abril del 641 fue conquistada por los musulmanes y su tamaño probablemente sería bastante mayor. Según la estadística entregada al califa Umar, Alejandría contaba por entonces con  4.000 palacios, 4.000 baños, 12.000 mercaderes de aceite, 12.000 jardineros, 40.000 judíos y 400 teatros y lugares de esparcimiento

  Los párrafos siguientes corresponden al capítulo IX

   Yunán reparó en lo paradójico de sus recientes planes. Las circunstancias habían desbaratado el sugestivo viaje a las pirámides y a la ciudad campamento de Fustat, capital de la provincia de Egipto. A cambio, no esperaba algo distinto a un callejeo urbano durante varias noches, que a lo sumo le haría observar la marginalidad de los alrededores del puerto de Alejandría, urbe en la que tanto y tan valioso podía contemplarse en cualquiera de los sentidos a los que uno se refiriese.
   Se pasaron más de tres horas dando vueltas aquí y allá. Hablaron infructuosamente con todo el que les salió al paso ofreciéndoles unos estímulos que ellos ya habían previsto y que se relacionaban, por lo común, con el pasatiempo carnal previo pago de su importe, fuese con hombres, mujeres e incluso jovencitos a estrenar de uno u otro sexo. También les invitaron a formar parte de una timba de dados que admitía altas apuestas y ganancia segura, situada en una sala de confianza en la que era imposible perder a juicio del sujeto que aspiraba a enrolarles en la partida. Un sujeto que resultó de lo más molesto y pegajoso, auténtico noctívago al decir de Yunán, hasta que desapareció como por ensalmo en cuanto se oyó la llegada de la ronda nocturna, con la que se cruzaron varias veces. Ronda a la que asimismo interrogaron sin éxito y sobre la que podría certificarse que poseía la facultad de dejar casi desiertas las calles por donde circulaba.
   Asimismo les invitaron a entrar en alguna sala donde la medicina del opio les sería servida en toda su pureza, lo que suponía un remedio eficaz contra cualquier mal del cuerpo o del espíritu y acerca de cuyos gratos efectos nadie podía dudar puesto que incluso en Roma, sede de cualquier progreso durante siglos, habían acuñado monedas con la benéfica efigie de la adormidera, como así les demostró, moneda en mano, el pedante fulano que les dio una charla sobre las indiscutibles ventajas de consumir opio con regularidad. Eso sí, a condición de que fuese en el salón de su amo, el de mayor prestigio, y siempre que se dispusiera del patrimonio necesario para costearse tan alta utilidad.
   Ni que decir tiene que fue al menos en tres lugares distintos, cuyas ofertas anduvieron solapadas por unas cuantas promesas de adivinarles el número de hijos que engendrarían o los años que iban a vivir, donde trataron de convencerles de que, en realidad, lo que ellos precisaban era un baño de vapor destinado al reposo de los músculos, al que seguiría un agradable masaje y una no menos relajante inmersión en la alberca anexa, de aguas perfumadas. Según les oyeron decir a los respectivos agentes de las salas de baños, que se expresaban por un igual y todos dando palabra de suprema excelencia en el servicio, Yunán y Abdelaziz serían tratados como unos príncipes a los que, para concluir la hidroterapia y sus diversos preámbulos, se les daría la opción de escoger una belleza del sexo y raza deseados junto a la que despedir la noche.
   Entraron igualmente en los más dispares establecimientos de bebidas o comidas, en alguno de los cuales la variedad de platos, guisos humeantes elaborados a la vista y olores apetitosos les asombró sobremanera y supusieron para Abdelaziz la mayor tentación de aquel rosario de peripecias nocturnas, de modo que le comentó a su amigo que volverían cuanto antes y con el tiempo necesario. Yunán, por su parte, estuvo a punto de ser atrapado por la deslumbrante mujer que se acercó a él en lo que vino a ser un prostíbulo de lujo, cuya media docena de pupilas parecían surgidas de entre las más bellas odaliscas de un harén regio. Pero nada lograron averiguar del capitán Tartús. Todo fue en balde.

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