"Viento de furioso empuje" se presentó en El Corte Inglés de Barcelona

miércoles, 20 de junio de 2012

Amanecer en Tiro


Imagen actual del puerto viejo de Tiro. En la época del relato, Tiro contaba con dos puertos relativamente cercanos.


Inicio del capítulo VIII

   El amanecer en Tiro fue tan ruidoso como Yunán sospechaba, los sonidos procedentes de los puertos invadían la habitación. Incluso desde la planta baja de la posada llegaban voces de clientes madrugadores. La luz del alba comenzaba a filtrarse y el jerife pudo comprobar cómo Abdelaziz preparaba dos pequeñas alfombras para que ambos rezasen. Todo indicaba que Juan y Gregorio se habían marchado.
   Yunán bajó al retrete del patio, practicó después las abluciones de rigor en un lavadero cercano y subió junto a su amigo para iniciar el rezo. Más tarde se dirigieron al comedor y encontraron a Hamid, desayunando. Se hallaba solo y se sentaron junto a él, en una de las grandes mesas, y al poco se incorporaron los hombres de ben Musa. Uno de los mozos de la posada llegó con una fuente de tortitas calientes, una gran jarra de leche y un jarrillo de miel. Abdelaziz roció las tortas con miel, se apartó cuatro de ellas y fue mojándolas en un pocillo de leche que previamente se había servido. De inmediato pidió otra fuente de tortitas para los suyos, así como una hogaza de paz, cecina y media bola de queso, e invitó a Yunán a que no se demorase.
   -Hoy es un día de mucho trabajo y hay que aligerar —dijo Abdelaziz, entre bocado y bocado.
   -Parece que has madrugado bastante, ¿viste marcharse a Juan y Gregorio?
   -Sí, y me encargaron que te saludase.
   Concluyeron en el comedor y Abdelaziz ordenó dirigirse hacia el patio. Se aseguró que hubiese comido el hombre que en ese instante permanecía de guardia en el carro y pidió que descargasen los libros y engancharan las mulas. Luego se dirigió a Yunán y le comentó:
   -Voy a llevar la mayor parte de esta comida a una familia que conozco bien. Me gustaría que me acompañases, pero si lo prefieres puedes aguardar aquí o visitar la zona.
   -¡Hombre de Dios, al fin se desvela el secreto de un carro tan cargado! —Exclamó Yunán, alegrándose del propósito de su amigo.

viernes, 8 de junio de 2012

La posada de la Cuba


La imagen se corresponde a una antigua posada (restaurada) en la ciudad de Tiro

El diálogo pertenece al capítulo VII de "Viento de furioso empuje"
   
   Bajaron hacia el comedor y al llegar a la primera planta observaron que el posadero Ulpiano, mientras asía una bolsa de monedas, no cesaba de reverenciar a un individuo de aspecto distinguido.
   -Sí, mi señor Yahya, ahora mismo te prepararán cuanto has ordenado. ¡Puedes dar por hecho que el cabrito estará a tu gusto! —Exclamó el posadero, sopesando la bolsa a su espalda.
   Al contemplar una escena tan servil, Yunán comprendió que Ulpiano acababa de cobrar la deuda con los ciudadanos de ninguna parte y que las llagas anímicas del posadero habían cicatrizado de golpe mediante la dosis justa de bálsamo de plata.
   Yunán trató de fijarse en el rostro de Yahya, aunque apenas llegó a distinguirle. El otro personaje, supuestamente Alí, le llamaba desde el fondo de la estancia y Yahya se adentró.
   Ulpiano, al ver aparecer hablando entre sí a cuatro de sus huéspedes principales, efectuó una última reverencia a Yahya, en este caso a la espalda de Yahya, y se volvió hacia el grupo. Pero antes —observó Yunán—, no fuese que se confundiera con usura el pago a sus bienhechoras obras, introdujo la bolsa entre sus costillas y su camisa. Después se apretó dos ojetes el cinturón y empujó el tesoro hacia atrás para evitar que acabase indefenso en el suelo. Y cómo sería el impulso que Ulpiano le dio a la bolsa, que al punto se advirtió la presencia de un posadero cheposo de lucro y repleto de desconfianza.
   -Nobles señores —comenzó obsequioso—, noto que habéis congeniado vuestra vecindad de habitación y ello me mueve a pensar que acaso queráis compartir la cena. Al respecto, puedo ofreceros un surtido de las más deliciosas carnes y los pescados más frescos, ya que esta costa nuestra es pródiga en especies sabrosísimas...
   -Amigo Ulpiano —interrumpió Abdelaziz, ejerciendo decididamente el mando en la cuestión alimenticia—, sabes por otras veces lo que debes servirme y en qué cuantía, que mis hábitos son casi inmutables e ineludibles; cuanto más esta noche, que compartiré la cena con unos amigos de quienes espero su mejor charla.
   -Yo prefiero algo ligero que... —intentó decir Yunán.
   -A Yunán le preparas otro tanto de lo mismo que me sirvas a mí —se inmiscuyó el bonachón—, y lo que él no saboree pasará como guarnición a mi plato. En cuanto a nuestros acompañantes, quedan invitados a ese vino albillo que atesoras en tu casa, no en balde llamada “Posada de la Cuba”, así como a una ración de pescado asado, viudo de salsas, que les haga creer que no han cenado y que, junto al vino, primero les incite a pensar bien, luego a departir mejor y a la postre les avive el sueño de los soñadores.