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domingo, 24 de noviembre de 2013

La ciudadela de Damasco

Torres y paños de muralla del lado sur de la ciudadela de Damasco, que ocupa una extensión aproximada de 40.000 metros cuadrados.  
La ciudadela de Damasco, si bien recibió su forma definitiva a partir del siglo XI, probablemente existía mucho antes de que la dinastía omeya escogiera la ciudad siria como capital de su gran imperio, pues no olvidemos que Damasco es una de las ciudades más antiguas del mundo y que anteriormente había pertenecido a otras potencias bien dispuestas a la instalación de fortificaciones: Los imperios Seléucida, Romano y Bizantino.


Las calles del interior de la ciudadela que aún
se conservan dan una idea de su fastuosidad.
Durante el siglo VIII, el baluarte se ubicaba en el mismo emplazamiento que en la actualidad, próximo a uno de los canales del río Barada que atraviesan la urbe, del que se abastecía de agua. En la época del relato, además del palacio del emir, la ciudadela comprendía distintos edificios y cuarteles de la administración omeya, algunos de los cuales fueron reformados más tarde o desplazados fuera de la propia ciudadela.

A iniciativa del soberano al-Walid, y a unos 500 metros del palacio califal, en dirección este, se construyó la gran mezquita omeya, donde el personaje principal de la novela se detiene a contemplar los obras y a escuchar los comentarios de los visitantes, en espera de que llegue la hora de su audiencia con el califa.

Ya en época turcomana, hacia el lado opuesto de la mezquita y como prueba de “liberalidad”, siglos más tarde se instalaron unos magníficos baños y un fastuoso serrallo para solaz de las tropas. Aún existen la ciudadela y la mezquita, no así los edificios del serrallo y los baños, que se demolieron y dieron paso a la avenida principal de la ciudad, hoy denominada Al Thawara (Revolución). 

Digamos, para finalizar, que Damasco es una ciudad bellísima (digna de visitarse en cuanto se calme la violencia que lamentablemente ahora la asola) en la que es posible contemplar innumerables monumentos, eso sí, muchos de ellos mal conservados o parcialmente en ruinas, como la propia ciudadela. 

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