"Viento de furioso empuje" se presentó en El Corte Inglés de Barcelona

jueves, 3 de mayo de 2012

La casa del librero


La imagen representa un patio de estilo oriental, en versión modernizada, donde los protagonistas de la novela se encuentran con el anciano que les pone a prueba y acaba por desvelarles algunos de los apasionantes secretos que envuelven la búsqueda de un libro inspirado por el Altísimo.  

  El texto corresponde al inicio del capítulo V
  
   El interior de la mansión de bar Rifat se mostró a los visitantes como el alber­gue de otro mundo, de otra época. Frente a la en­trada principal, un amplio ajimez favorecía que la luz del sol, propagándose en todas las direcciones, inundase la estancia e iluminara sus formas. Paredes blancas, recubiertas en su tercio inferior con alizar pálido. Techo abovedado, alto, presumido, carente de vigas y almocarbes. Suelo de alabastrita compacta, dispuesta mediante losetas que combinaban dos tonos azulados. Mobi­lia­rio es­caso que prescindía de lo vano, apenas dos sillas de tijera con asientos de cuero situadas a ambos lados de un fanal, ahora apagado, cuyo pie de bronce imita­ba el cuerpo de una ninfa.


   Ausencia de adornos superfluos en una mansión donde los objetos decorativos parecían haber sido pros­critos. Sólo un tapiz de extraño y atrayente dibu­jo, sólo él, gozaba del privilegio de adornar los muros y de recau­dar para sí cuanto haz lumino­so quedaba rechazado en lo blanco. Y frente al tapiz, a una distan­cia de veinte largas zancadas, surgía una esca­lina­ta que se bifurcaba para crear una tribu­na en semiplanta, cuyos antepechos en negro intenso resaltaban la nitidez de una sala donde las sillas de tijera, atemorizadas en la amplia dimen­sión de su entorno, re­corda­ban a miniatu­ras de duende­cillo.

   Los pasos de Yunán, Abdelaziz y Cirilo sonaron ensordecedores en aquella enorme estancia poco menos que vacía y de suelos pétreos. El joven Cirilo les soli­citó paciencia y abandonó la casa en dirección al patio. Los visitantes oyeron cerrarse el portalón y alejarse la carreta, con sus conductores enzarzados de nuevo en la rutinaria controversia mañanera.

   Yunán y Abdelaziz ocuparon las sillas de tijera y que­daron en silencio, incluso sus respiraciones se dejaban oír entre­mezcladas con algún sonido de lejana naturale­za que invadía el salón a través del ajimez. Aguarda­ron largo rato, esperan­zados, sin atreverse a hablar, repartiendo miradas entre la singular escena del tapiz, acaso alegórica de la suprema crea­ción, y sus propios rostros.

   Algo le decía a Yunán que bar Rifat podía ser el depositario de las respues­tas busca­das por ellos. El ambiente impulsaba a pensar que no sal­drían de­fraudados de un lugar donde el conocimiento, a dife­rencia de la gruta de Nacor, parecía hallarse presente aun sin manifestarse en documen­tos. Todo allí respi­raba armonía y sosiego, como si el posee­dor del espacio­so casal lo hubiera destinado al pensamiento puro, a modo de un insó­lito templo donde compar­tir el sacramen­to de la sabidu­ría.

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