"Viento de furioso empuje" se presentó en El Corte Inglés de Barcelona

martes, 22 de mayo de 2012

El elefante atado a un cabello



   
El diálogo ha sido extraído del capítulo VI de "Viento de furioso empuje"

   Yunán dudó, su amigo no le prestaba mucha atención, llevaba la mirada clavada en el horizonte y diríase que tenía el pensamiento en otro lugar. Pero Abdelaziz, demostrando que sabía atender aunque se mostrase ausente, le apremió con un gesto para que concluyera.
   -... Quería decir que lo más probable, a mi entender, es que Saijún fuese aquel individuo que se acercó a nosotros y nos habló del peligro en la zona de los morones.
   -Pero si aquel hombre parecía un sirviente casi harapiento... ¡Lo ves, ya me has provocado! No te he dicho que no quería hablar del asunto —Abdelaziz acabó riendo—. ¡Desde luego, a mí me convence cualquiera!
   -Ya sabes, Abdelaziz, que he viajado durante bastantes meses por las regiones persas. Allí escuché un aforismo que no me resisto a dejar de narrarte y que viene a cuento de mi deseo de conversar y tu interés en no hacerlo. Dice así: “Una mano suave puede guiar a un elefante atado a un cabello”.
   El hijo de Musa soltó la risotada de costumbre y su respuesta fue inmediata:
   -Comprendo, Yunán, comprendo. El elefante soy yo, incluso el peso no me falta; tú eres la mano suave, al usar frases medidas. ¿Y el cabello? ¿Qué representa aquí al cabello?
   -Creo que el cabello es, en este caso, el empeño en rebatir mi razonamiento para que prevalezca tu opinión. Nos pasa a todos, principalmente cuando no damos el brazo a torcer y convertimos la obstinación en el cabello del que puede tirarse.
   -¿Crees que Saijún era el viejo harapiento?... ¡Razónalo de manera convincente o dejaré que tu montura viaje cien pasos delante de la mía!
   Yunán reparó en que Abdelaziz había usado una especie de amenaza ficticia, excedida aposta y en un tono ampuloso para que se advirtiera su intención de no cumplirla.
   -Hablas del sirviente harapiento y le descartas para ocupar el puesto de Saijún. Pues bien, precisamente por verle desaseado, más que harapiento, considero que reúne los requisitos necesarios para que sea el hombre que buscamos. Veamos, además de un malvado, ¿quién se supone que es Saijún? La respuesta es simple: Un vehemente buscador del libro. Ahora te pregunto: ¿Observaste el aspecto de abandono en Nacor y en sus ayudantes? ¿Reparaste en los abundantes pliegos con restos de alimentos que había en la gruta?
   -Sí, sí, todo eso lo advertí —respondió presuroso Abdelaziz.
   -Pues entonces está claro, ¿no?
   -No, no hay nada claro.
   -A mi modo de ver no puede ser más sencillo, el que consagra su vida a la pesquisa del libro, que sería el caso de Saijún, apenas dedica tiempo a las necesidades de su propia persona. En tales circunstancias, podría decirse que todas las horas son pocas para utilizarlas en la actividad principal: la búsqueda. Comúnmente, amigo mío, suele ocurrirles lo mismo a cuantos practican una labor que enardece, sea el arte, la guerra, la religiosidad..., el tiempo no cuenta ni existe para ellos fuera de su apasionante dedicación.

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