"Viento de furioso empuje" se presentó en El Corte Inglés de Barcelona

miércoles, 16 de mayo de 2012

Camino de Tiro


  

El diálogo ha sido extraído del capítulo VI de "Viento de furioso empuje"

   -Parece mentira, Abdelaziz, que no te importe demasiado que más de la mitad de esa comida se pudra antes de que lleguemos a Kairuán. Aunque has escogido vituallas de larga duración, algunas de las cuales parecen caprichos destinados a los niños, una parte de lo que transportamos no huele ya demasiado bien. Y sólo han pasado tres días desde nuestra salida de Damasco. Incluso es posible que acabemos comiendo algo corrompido que nos produzca un trastorno de vientre.
   -En el carro todo huele como corresponde, sólo algún faisán atufa un poco, pero en cuanto se desplume, se vacíe y se enjuague a conciencia yo seré el primero en saborearlo. Es más, precisamente en los barcos se come fatal y he padecido en mis tripas más de un serio desbarate. ¡Si lo sabré yo!, que he realizado diez o doce veces este viaje y siempre he pasado hambre o mal de panza.
   -Mi padre tendría que oírtelo decir, aún recuerdo la expresión de su rostro cuando en la cena que nos ofreció diste cuenta de medio cabrito y un centenar de exquisiteces —respondió Yunán, deseoso de una charla intrascendente con su amigo.
   -Yo también recuerdo sus gestos —secundó Abdelaziz, con una sonrisa pícara que puso en guardia a Yunán respecto a las frases que seguirían—. Ahora bien, seamos sinceros, el cabrito propendía a palomo de tan pequeño que era. Durante la cena deduje que a lo sumo se trataba de un cabrito nonato al que incluso, valorando su tamaño, le busqué las alas para descartar que estuviese comiendo ave subrepticia. Suerte que no las encontré, de ahí que me decidiese a seguir picoteando entre esos otros platos que tú, con verdadera malevolencia, los acusas de contener exquisiteces. Eso sí, en pago a mi necesidad natural de saciar el hambre, estuve a punto de extraer de mi bolsa algunas de esas monedas visigodas que conocemos y ofrecérselas a tu padre. Incluso había estudiado unas palabras que al final no me atreví a pronunciar para no ofenderle: “Toma, Sufián, dile a tu hijo que compre un rebaño y os coméis los cabritos a mi salud. No quisiera sentirme culpable de dilapidar en una simple cena todo vuestro patrimonio”.
   Abdelaziz transformó la sonrisa inicial en una carcajada de diversión. Yunán no pudo por menos que reírse igualmente ante un discurso sacado de quicio que eludía por completo la realidad de una cena espléndida. 

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