"Viento de furioso empuje" se presentó en El Corte Inglés de Barcelona

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Kairuán

Kairuán fue la capital del emirato de Ifriqiya (África menor), una provincia del Imperio omeya que comprendía diversas regiones, entre ellas el Magreb extremo (hoy Marruecos), con Tánger como capital del valiato. En la imagen, vista parcial de la gran mezquita, cuya construcción se inició en el 670.

   Los siguientes párrafos han sido extraídos del capítulo X

   Provistos de una escolta reducida que Abdelaziz creyó apropiada, partieron al amanecer hacia Kairuán. Con las cabalgaduras al paso, dándoles algún trotecillo ocasional para desentumecerlas, avanzaron a buen ritmo durante tres jornadas. Mediada la tarde del cuarto día de marcha, con la ciudad ya a la vista, les salió al paso un escuadrón de lanceros cuyo jefe reveló que había sido enviado para realzar la entrada de Abdelaziz y su noble invitado.
   Al reemprender la marcha, Yunán miró a su amigo, le hizo un guiño disimulado y articuló una frase de lo más oportuna:
   -No te lo dije, nadie llega a ciertos cargos descuidando los detalles.
   Yunán rió a gusto al ver la expresión del rostro de su amigo, donde se reflejó un gesto de alivio al que siguió una frase no menos descriptiva:
   -Sí, menos mal que has venido. ¡Vive Dios de la que me has librado!

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Cartago


El dibujo corresponde a la Cartago romana del siglo II. La ciudad fue arrasada dos veces, primero por Roma, que posteriormente la reconstruyó aún más bella. A principios del siglo VIII fue el emir Hassán ben Naamán quien acabó definitivamente con una urbe que durante más de un milenio y medio acaudaló esencias fenicias, romanas, vándalas y bizantinas.
Inicio del capítulo X de "Viento de furioso empuje"

   Entre uno y otro fondeadero, donde se hacía preciso recalar tan pronto como la luz del sol iniciaba su declive y anunciaba la encalmada del viento, diez y ocho días invirtió el Yerba en realizar la travesía hasta Cartago. Fueron unas jornadas en las que el mayor aliciente consistió en departir con Idulfo acerca de Hispania, exuberante tierra de vides y de olivos que a cualquier viajero árabe que la pisara, máxime si se mostraba propenso a conocer otros pueblos, le suponía el estímulo adicional de haber alcanzado el extremo occidente de la Tierra Grande.

lunes, 20 de agosto de 2012

La búsqueda del capitán Tartús

Plano de la ciudad de Alejandría a principios de nuestra era. En abril del 641 fue conquistada por los musulmanes y su tamaño probablemente sería bastante mayor. Según la estadística entregada al califa Umar, Alejandría contaba por entonces con  4.000 palacios, 4.000 baños, 12.000 mercaderes de aceite, 12.000 jardineros, 40.000 judíos y 400 teatros y lugares de esparcimiento

  Los párrafos siguientes corresponden al capítulo IX

   Yunán reparó en lo paradójico de sus recientes planes. Las circunstancias habían desbaratado el sugestivo viaje a las pirámides y a la ciudad campamento de Fustat, capital de la provincia de Egipto. A cambio, no esperaba algo distinto a un callejeo urbano durante varias noches, que a lo sumo le haría observar la marginalidad de los alrededores del puerto de Alejandría, urbe en la que tanto y tan valioso podía contemplarse en cualquiera de los sentidos a los que uno se refiriese.
   Se pasaron más de tres horas dando vueltas aquí y allá. Hablaron infructuosamente con todo el que les salió al paso ofreciéndoles unos estímulos que ellos ya habían previsto y que se relacionaban, por lo común, con el pasatiempo carnal previo pago de su importe, fuese con hombres, mujeres e incluso jovencitos a estrenar de uno u otro sexo. También les invitaron a formar parte de una timba de dados que admitía altas apuestas y ganancia segura, situada en una sala de confianza en la que era imposible perder a juicio del sujeto que aspiraba a enrolarles en la partida. Un sujeto que resultó de lo más molesto y pegajoso, auténtico noctívago al decir de Yunán, hasta que desapareció como por ensalmo en cuanto se oyó la llegada de la ronda nocturna, con la que se cruzaron varias veces. Ronda a la que asimismo interrogaron sin éxito y sobre la que podría certificarse que poseía la facultad de dejar casi desiertas las calles por donde circulaba.

miércoles, 25 de julio de 2012

Alejandría


Representación del faro de Alejandría, construido en el siglo III a C. y derruido por un fuerte terremoto a principios del siglo XIV. Se cree que otro terremoto anterior dejó muy dañados sus cimientos e incluso se asegura que las excavaciones en su base, ordenadas en el siglo VIII por el califa al-Walid para tratar de localizar un supuesto tesoro, influyeron tanto o más que los movimientos sísmicos.

El texto corresponde al inicio del capítulo IX

   La nave de cabotaje en la que viajaban Yunán, Abdelaziz y Hamid llegó a su último destino: Alejandría, la bella. Una ciudad que poseía más de un milenio de vida entre sus calles, desde aquel lejano año en que el general Tolomeo decidió fundarla en honor de uno de los inmortales de la Historia: Alejandro, llamado el Magno.
   Yunán no pudo evitar emocionarse al volver a Alejandría. Diez años atrás había acompañado a su padre en un viaje oficial, cuando el ilustre Sufián hubo de imponer cierto orden en una administración provincial que enviaba recursos muy escasos a Damasco. El joven jerife apenas pudo ver nada en aquella ocasión, la celeridad con que su progenitor acometió el encargo del califa, junto a sus escasos quince años de existencia, dedicados casi todos al estudio, impidieron que se deleitarse con lo mucho que la urbe tolemaica era capaz de ofrecer a un visitante acomodado.

viernes, 6 de julio de 2012

Abdelaziz con sus hijos


Imagen moderna de un padre árabe con dos de sus hijos. La escena recuerda el reencuentro de Abdelaziz, uno de los protagonistas de la obra, con sus propios hijos, a los que no había podido ver desde hacía meses. Las edades de los tres personajes que aparecen en la escena son muy semejantes a las de los personajes de ficción. 


Los párrafos siguientes pertenecen al capítulo VIII de "Viento de furioso empuje"

   Sin separarse de Moisés, que aún permanecía asido con una mano a su ropaje, ben Musa se inclinó, abrió los brazos a los mellizos para acogerles y éstos se reunieron con el padre, quedando los cuatro fundidos en un abrazo entrañable.

   Yunán contemplaba la escena y se le partía el corazón. En apariencia, Abdelaziz idolatraba a sus hijos y aún quería a la madre, o al menos la respetaba con gran afecto. Ahora comprendía sus palabras cuando le habló de las contrariedades de ser el hijo de un personaje notable. En la situación de su amigo, el hecho de que su padre fuese el emir Musa suponía por fuerza algo más que contrariedad: amargura. Yunán concluyó con varias frases que venían rondando su mente desde hacía tiempo: 

miércoles, 20 de junio de 2012

Amanecer en Tiro


Imagen actual del puerto viejo de Tiro. En la época del relato, Tiro contaba con dos puertos relativamente cercanos.


Inicio del capítulo VIII

   El amanecer en Tiro fue tan ruidoso como Yunán sospechaba, los sonidos procedentes de los puertos invadían la habitación. Incluso desde la planta baja de la posada llegaban voces de clientes madrugadores. La luz del alba comenzaba a filtrarse y el jerife pudo comprobar cómo Abdelaziz preparaba dos pequeñas alfombras para que ambos rezasen. Todo indicaba que Juan y Gregorio se habían marchado.
   Yunán bajó al retrete del patio, practicó después las abluciones de rigor en un lavadero cercano y subió junto a su amigo para iniciar el rezo. Más tarde se dirigieron al comedor y encontraron a Hamid, desayunando. Se hallaba solo y se sentaron junto a él, en una de las grandes mesas, y al poco se incorporaron los hombres de ben Musa. Uno de los mozos de la posada llegó con una fuente de tortitas calientes, una gran jarra de leche y un jarrillo de miel. Abdelaziz roció las tortas con miel, se apartó cuatro de ellas y fue mojándolas en un pocillo de leche que previamente se había servido. De inmediato pidió otra fuente de tortitas para los suyos, así como una hogaza de paz, cecina y media bola de queso, e invitó a Yunán a que no se demorase.
   -Hoy es un día de mucho trabajo y hay que aligerar —dijo Abdelaziz, entre bocado y bocado.
   -Parece que has madrugado bastante, ¿viste marcharse a Juan y Gregorio?
   -Sí, y me encargaron que te saludase.
   Concluyeron en el comedor y Abdelaziz ordenó dirigirse hacia el patio. Se aseguró que hubiese comido el hombre que en ese instante permanecía de guardia en el carro y pidió que descargasen los libros y engancharan las mulas. Luego se dirigió a Yunán y le comentó:
   -Voy a llevar la mayor parte de esta comida a una familia que conozco bien. Me gustaría que me acompañases, pero si lo prefieres puedes aguardar aquí o visitar la zona.
   -¡Hombre de Dios, al fin se desvela el secreto de un carro tan cargado! —Exclamó Yunán, alegrándose del propósito de su amigo.

viernes, 8 de junio de 2012

La posada de la Cuba


La imagen se corresponde a una antigua posada (restaurada) en la ciudad de Tiro

El diálogo pertenece al capítulo VII de "Viento de furioso empuje"
   
   Bajaron hacia el comedor y al llegar a la primera planta observaron que el posadero Ulpiano, mientras asía una bolsa de monedas, no cesaba de reverenciar a un individuo de aspecto distinguido.
   -Sí, mi señor Yahya, ahora mismo te prepararán cuanto has ordenado. ¡Puedes dar por hecho que el cabrito estará a tu gusto! —Exclamó el posadero, sopesando la bolsa a su espalda.
   Al contemplar una escena tan servil, Yunán comprendió que Ulpiano acababa de cobrar la deuda con los ciudadanos de ninguna parte y que las llagas anímicas del posadero habían cicatrizado de golpe mediante la dosis justa de bálsamo de plata.
   Yunán trató de fijarse en el rostro de Yahya, aunque apenas llegó a distinguirle. El otro personaje, supuestamente Alí, le llamaba desde el fondo de la estancia y Yahya se adentró.
   Ulpiano, al ver aparecer hablando entre sí a cuatro de sus huéspedes principales, efectuó una última reverencia a Yahya, en este caso a la espalda de Yahya, y se volvió hacia el grupo. Pero antes —observó Yunán—, no fuese que se confundiera con usura el pago a sus bienhechoras obras, introdujo la bolsa entre sus costillas y su camisa. Después se apretó dos ojetes el cinturón y empujó el tesoro hacia atrás para evitar que acabase indefenso en el suelo. Y cómo sería el impulso que Ulpiano le dio a la bolsa, que al punto se advirtió la presencia de un posadero cheposo de lucro y repleto de desconfianza.
   -Nobles señores —comenzó obsequioso—, noto que habéis congeniado vuestra vecindad de habitación y ello me mueve a pensar que acaso queráis compartir la cena. Al respecto, puedo ofreceros un surtido de las más deliciosas carnes y los pescados más frescos, ya que esta costa nuestra es pródiga en especies sabrosísimas...
   -Amigo Ulpiano —interrumpió Abdelaziz, ejerciendo decididamente el mando en la cuestión alimenticia—, sabes por otras veces lo que debes servirme y en qué cuantía, que mis hábitos son casi inmutables e ineludibles; cuanto más esta noche, que compartiré la cena con unos amigos de quienes espero su mejor charla.
   -Yo prefiero algo ligero que... —intentó decir Yunán.
   -A Yunán le preparas otro tanto de lo mismo que me sirvas a mí —se inmiscuyó el bonachón—, y lo que él no saboree pasará como guarnición a mi plato. En cuanto a nuestros acompañantes, quedan invitados a ese vino albillo que atesoras en tu casa, no en balde llamada “Posada de la Cuba”, así como a una ración de pescado asado, viudo de salsas, que les haga creer que no han cenado y que, junto al vino, primero les incite a pensar bien, luego a departir mejor y a la postre les avive el sueño de los soñadores.

lunes, 28 de mayo de 2012

Tiro


Citada muy a menudo en la Biblia, Tiro se fundó probablemente en el tercer milenio antes de Cristo.


Inicio del capítulo VII
   Apenas quedaba una hora para que se cerrasen las puertas de la ciudad de Tiro. Las negruras de la noche, desconsoladas a perpetuidad ante el perdido esplendor de la urbe, no tardarían en deambular entre sus calles angostas y milenarias. A esas sombras se unirían, a modo de consortes nocturnos, el cendal de la bruma marina impregnándolo todo de gris, los olores del salitre y el alquitrán de calafate y ciertos ecos que el mar, como realces sonoros de toda ciudad portuaria, hace llegar a tierra mediante el frémito del oleaje rompiente en la escollera o el clamor que las gaviotas corean para atraerse y que a veces se identifica con el llanto de un niño de pecho.
   Entraron en la población y se dirigieron rectos a la posada que ben Musa dijo conocer. El posadero, un hombre cincuentón de aspecto cansado, con cabeza de tarro, cráneo calvo, barba muy tupida y origen heleno, les recibió usando mil zalamerías empalagosas y les indicó el lugar del patio interior donde podían situar el carro, asunto a lo que Abdelaziz se dedicó personalmente: Desde el suelo sujetó con ambas manos el bocado de las mulas y con habilidad las hizo maniobrar. La acción fue casi impecable, como ensayada, un hecho que le demostró a Yunán la experiencia que su amigo poseía y de la que podía deducirse que había introducido más de un carro en ese patio.
   Se aseguraron de que los víveres y libros quedaban bien situados y al cuidado de uno de los ayudantes, que debía montar guardia hasta que fuese relevado. Acomodaron las caballerías en la cuadra, asignaron camastros en la planta baja para la gente de Abdelaziz y para el anciano Hamid y los dos amigos siguieron al posadero hacia una habitación del segundo piso.
   Fue el mismo posadero, resoplando sus años y su engrosado cuerpo, el que lámpara en mano les guió escaleras arriba mientras definía la situación de su negocio:
   -Mi señor Abdelaziz, te ruego que me disculpes al no ofrecerte tu estancia de otras visitas, la tengo ocupada desde hace tiempo por dos hombres que dicen ser nobles y que aguardan una importante provisión de caudales.
   El posadero se paró en el descansillo de la primera planta, prendió la mecha de otra lámpara de aceite colgada en la pared y señaló hacia la habitación aludida.
   -En ese caso, amigo Ulpiano, si hace tiempo que habitan mi antigua estancia no parece conveniente que les desalojes, ya que su buen dinero te habrán dado a ganar.
   -Ahí radica el problema, señor, salvo el adelanto de la primera semana no he visto de ellos ni un solo dirham. Sospecho que su nobleza y su plata se hallan en algún lugar llamado ninguna parte, desde donde se tarda más de la cuenta en llegar hasta Tiro y un tanto de añadidura hasta esta posada. ¡Estúpido de mí por confiar a ciegas en las apariencias!

martes, 22 de mayo de 2012

El elefante atado a un cabello



   
El diálogo ha sido extraído del capítulo VI de "Viento de furioso empuje"

   Yunán dudó, su amigo no le prestaba mucha atención, llevaba la mirada clavada en el horizonte y diríase que tenía el pensamiento en otro lugar. Pero Abdelaziz, demostrando que sabía atender aunque se mostrase ausente, le apremió con un gesto para que concluyera.
   -... Quería decir que lo más probable, a mi entender, es que Saijún fuese aquel individuo que se acercó a nosotros y nos habló del peligro en la zona de los morones.
   -Pero si aquel hombre parecía un sirviente casi harapiento... ¡Lo ves, ya me has provocado! No te he dicho que no quería hablar del asunto —Abdelaziz acabó riendo—. ¡Desde luego, a mí me convence cualquiera!
   -Ya sabes, Abdelaziz, que he viajado durante bastantes meses por las regiones persas. Allí escuché un aforismo que no me resisto a dejar de narrarte y que viene a cuento de mi deseo de conversar y tu interés en no hacerlo. Dice así: “Una mano suave puede guiar a un elefante atado a un cabello”.
   El hijo de Musa soltó la risotada de costumbre y su respuesta fue inmediata:
   -Comprendo, Yunán, comprendo. El elefante soy yo, incluso el peso no me falta; tú eres la mano suave, al usar frases medidas. ¿Y el cabello? ¿Qué representa aquí al cabello?
   -Creo que el cabello es, en este caso, el empeño en rebatir mi razonamiento para que prevalezca tu opinión. Nos pasa a todos, principalmente cuando no damos el brazo a torcer y convertimos la obstinación en el cabello del que puede tirarse.
   -¿Crees que Saijún era el viejo harapiento?... ¡Razónalo de manera convincente o dejaré que tu montura viaje cien pasos delante de la mía!
   Yunán reparó en que Abdelaziz había usado una especie de amenaza ficticia, excedida aposta y en un tono ampuloso para que se advirtiera su intención de no cumplirla.
   -Hablas del sirviente harapiento y le descartas para ocupar el puesto de Saijún. Pues bien, precisamente por verle desaseado, más que harapiento, considero que reúne los requisitos necesarios para que sea el hombre que buscamos. Veamos, además de un malvado, ¿quién se supone que es Saijún? La respuesta es simple: Un vehemente buscador del libro. Ahora te pregunto: ¿Observaste el aspecto de abandono en Nacor y en sus ayudantes? ¿Reparaste en los abundantes pliegos con restos de alimentos que había en la gruta?
   -Sí, sí, todo eso lo advertí —respondió presuroso Abdelaziz.
   -Pues entonces está claro, ¿no?
   -No, no hay nada claro.
   -A mi modo de ver no puede ser más sencillo, el que consagra su vida a la pesquisa del libro, que sería el caso de Saijún, apenas dedica tiempo a las necesidades de su propia persona. En tales circunstancias, podría decirse que todas las horas son pocas para utilizarlas en la actividad principal: la búsqueda. Comúnmente, amigo mío, suele ocurrirles lo mismo a cuantos practican una labor que enardece, sea el arte, la guerra, la religiosidad..., el tiempo no cuenta ni existe para ellos fuera de su apasionante dedicación.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Camino de Tiro


  

El diálogo ha sido extraído del capítulo VI de "Viento de furioso empuje"

   -Parece mentira, Abdelaziz, que no te importe demasiado que más de la mitad de esa comida se pudra antes de que lleguemos a Kairuán. Aunque has escogido vituallas de larga duración, algunas de las cuales parecen caprichos destinados a los niños, una parte de lo que transportamos no huele ya demasiado bien. Y sólo han pasado tres días desde nuestra salida de Damasco. Incluso es posible que acabemos comiendo algo corrompido que nos produzca un trastorno de vientre.
   -En el carro todo huele como corresponde, sólo algún faisán atufa un poco, pero en cuanto se desplume, se vacíe y se enjuague a conciencia yo seré el primero en saborearlo. Es más, precisamente en los barcos se come fatal y he padecido en mis tripas más de un serio desbarate. ¡Si lo sabré yo!, que he realizado diez o doce veces este viaje y siempre he pasado hambre o mal de panza.
   -Mi padre tendría que oírtelo decir, aún recuerdo la expresión de su rostro cuando en la cena que nos ofreció diste cuenta de medio cabrito y un centenar de exquisiteces —respondió Yunán, deseoso de una charla intrascendente con su amigo.
   -Yo también recuerdo sus gestos —secundó Abdelaziz, con una sonrisa pícara que puso en guardia a Yunán respecto a las frases que seguirían—. Ahora bien, seamos sinceros, el cabrito propendía a palomo de tan pequeño que era. Durante la cena deduje que a lo sumo se trataba de un cabrito nonato al que incluso, valorando su tamaño, le busqué las alas para descartar que estuviese comiendo ave subrepticia. Suerte que no las encontré, de ahí que me decidiese a seguir picoteando entre esos otros platos que tú, con verdadera malevolencia, los acusas de contener exquisiteces. Eso sí, en pago a mi necesidad natural de saciar el hambre, estuve a punto de extraer de mi bolsa algunas de esas monedas visigodas que conocemos y ofrecérselas a tu padre. Incluso había estudiado unas palabras que al final no me atreví a pronunciar para no ofenderle: “Toma, Sufián, dile a tu hijo que compre un rebaño y os coméis los cabritos a mi salud. No quisiera sentirme culpable de dilapidar en una simple cena todo vuestro patrimonio”.
   Abdelaziz transformó la sonrisa inicial en una carcajada de diversión. Yunán no pudo por menos que reírse igualmente ante un discurso sacado de quicio que eludía por completo la realidad de una cena espléndida. 

miércoles, 9 de mayo de 2012

Os aguardaba desde hace años


La imagen representa a un anciano de figura patriarcal, en este caso San Pablo, de Rembrandt

Párrafos extraídos del capítulo V de "Viento de furioso empuje"

Al fin se escucharon los goznes de una puerta entreabriéndose, seguidos de pisadas que recorrían la entreplanta. Dos hombres corpulentos, armados de grandes sables, aparecieron en la balaustrada. Precedían a escasa distancia a un anciano que desde la tribuna se dirigió a los dos amigos:
   -Soy Josué bar Rifat. Bienvenidos a mi casa, os aguardaba desde hace años.
   Bar Rifat, cuyo aspecto de mirada distancia­da y abundante barba blanca recor­daba la imagen de un patriarca, comenzó a descender con lenti­tud la escalera para acercarse a los visitantes, que no dudaron en ponerse en pie de inmediato y mostrarse impresionados por el aire de sencillez y nobleza del anciano, así como por las palabras que acababa de pronunciar.
   -¿Cómo es posible que nos aguardes desde hace años, noble anciano? —Preguntó Abdelaziz, conturbado ante el enigmático comentario.
   -Me han dicho que uno de vosotros es Abdelaziz, ¿eres el hijo del emir Musa?
   -¡Dios santo!, me sorprende que relaciones un nombre tan corriente como el mío con el de mi padre, que hace varios años que falta de estas tierras.
   -No debes sorprenderte, mi buen Abdelaziz, sé de ti y de tus inquietudes. ¿Quieres presentarme a tu compañero?
   -Se llama Yunán, es hijo del visir Sufián.
   -Seguidme —el anciano despidió a sus guardianes mediante un gesto, éstos se retiraron unos pasos y se situaron junto a la entrada principal.
   Los visitantes escoltaron a bar Rifat hacia una puerta situada en el hueco de la escalera. El acceso les condujo a otra estan­cia de menor tamaño en la que había un gran baúl arrimado a una de las paredes y varios almohadones en torno a una mesa baja, cercanos a la pared opuesta.
   -Acomodaros, hablaremos —invitó el anciano.
   -Todavía estoy extrañado de tus afirmaciones —dijo Abdelaziz—. ¿Puedo preguntarte, noble anciano, de qué me conoces?
   -Te conozco por la misma razón que os aguardaba desde hace años… —Alegó bar Rifat, que interrumpió su frase al abrirse la puerta y entrar una bella joven con el rostro descubierto.

jueves, 3 de mayo de 2012

La casa del librero


La imagen representa un patio de estilo oriental, en versión modernizada, donde los protagonistas de la novela se encuentran con el anciano que les pone a prueba y acaba por desvelarles algunos de los apasionantes secretos que envuelven la búsqueda de un libro inspirado por el Altísimo.  

  El texto corresponde al inicio del capítulo V
  
   El interior de la mansión de bar Rifat se mostró a los visitantes como el alber­gue de otro mundo, de otra época. Frente a la en­trada principal, un amplio ajimez favorecía que la luz del sol, propagándose en todas las direcciones, inundase la estancia e iluminara sus formas. Paredes blancas, recubiertas en su tercio inferior con alizar pálido. Techo abovedado, alto, presumido, carente de vigas y almocarbes. Suelo de alabastrita compacta, dispuesta mediante losetas que combinaban dos tonos azulados. Mobi­lia­rio es­caso que prescindía de lo vano, apenas dos sillas de tijera con asientos de cuero situadas a ambos lados de un fanal, ahora apagado, cuyo pie de bronce imita­ba el cuerpo de una ninfa.

viernes, 27 de abril de 2012

La alquería


  
El siguiente texto corresponde al capítulo IV de "Viento de furioso empuje":

   Marcharon hacia las afueras de la ciudad, no sin que antes el aguador cediese los útiles del negocio a otro miembro de su gremio, que no convenía que la leche se agriase, las almojábanas se revinieran y el peso transportado multiplicara la distancia.
   Y ya en la periferia de Damasco, cuando hacía largo rato que habían cruzado las murallas, Hassán les hizo desviar del camino principal y les dirigió hacia un gran caserón rodeado de otras casas menores con almunias, árboles frutales y palmeras. El buen aspecto de la casa solariega y las tierras que recorrían, ricas y bien trabajadas, demostraban la condi­ción acomoda­da del li­bre­ro.
   Justo al llegar frente a la mansión, se abrió un portalón lateral que comunicaba con el patio y del que vieron surgir a un joven que asía de las bridas a una pareja de mulas, las cuales tiraban de una carreta abarrotada de libros de toda especie. Desde la parte trasera de la carreta, un segundo sirviente, de gran parecido físico al primero y de bastante más edad, echaba sobre los libros una tela embreada destinada a evitar el polvo del camino o cualquier inclemencia. El encargado de tapar los libros, de aspecto más venerable que mañoso, reprochó al otro las prisas de última hora. A lo que el joven, agobiado por el reproche, respondió con una frase que parecía formar parte de la rutina diaria:
   -¡Desde luego, padre, cada mañana la misma escena! Si salimos tarde hacia el mercado, nada podrá censurarnos nuestro señor. Bien sabes que utilizo parte de la noche en leer para él. ¡Y alguna vez tendré que dormir!
   -¡Silencio, ingrato, y aligera!
   Distraídos ambos servidores en el ejercicio de sacar una carreta cargada de libros y prisas, no habían reparado aún en la presencia de los visitantes frente a la puerta principal, asunto al que Hassán, mediante una voz, puso remedio de inmediato:
   -¿Cirilo, puedes atendernos?
   Al escuchar el nombre, Cirilo era el padre y Cirilo el hijo, ambos se giraron extrañados al ver allí al aguador acompañado de dos hombres con aspecto distinguido.

domingo, 22 de abril de 2012

El aguador


La figura del aguador ambulante o azacán forma parte de la tradición árabe. En la novela surge un personaje singular, llamado Hassán, que vende agua y leche en el zoco de Damasco y presta una gran ayuda a los protagonistas.

El siguiente diálogo corresponde al capítulo IV de "Viento de furioso empuje":

   Y allí, en el zoco, se hallaron ambos apenas comenzaron a abrir los establecimientos que circundaban la gran plaza o a instalarse en su explanada los primeros puestos y tenderetes.
   Sin que hubiesen dado una docena de pasos les salió al encuentro Hassán, el aguador recadero con quien Yunán mantenía cierta deuda.
   -¿Necesitas agua, mi señor Yunán? —Preguntó Hassán, haciéndole notar su presencia.
   -Amigo Hassán, eres un vendedor con talento, es innegable que ofreces lo que tienes cuando en realidad lo que deseas es reclamar. Toma este dirham que había preparado para ti.
   -También puedo ofreceros leche templada, mi señor, la bebida más reconfortante para dos nobles que pasean a hora infrecuente la zona del mercado.
   -Si no está muy aguada, aguador, acepto de ti una altamía de leche y un par de almojábanas de esa bolsa. Espero que a la leche le hayas puesto la miel necesaria —dijo Abdelaziz en tono de chanza, señalando hacia una talega de rejilla que el aguador llevaba colgada al hombro y de la que surgía un olor de lo más apetitoso.
   -Ponme otro tanto a mí —secundó Yunán.
   Contento ante el comienzo de una jornada prometedora, Hassán se esmeró con sus clientes, les llenó de leche las altamías y les entregó dos almojábanas a cada uno.
   -Cuando terminéis de comer, podéis limpiaros con toda tranquilidad en este paño, seréis los primeros en usarlo. Por otra parte, dejadme deciros que es posible contar conmigo para toda clase de negocios —añadió con cierto tono de complicidad—, ya que desde muy niño frecuento el zoco y conozco a fondo su entramado de mercancías y prestaciones.
   -Lo que nosotros buscamos, Hassán, quizá no esté en tus manos ofrecerlo —dijo Yunán.
  -Suponía que algo buscabais al veros aquí en hora tan temprana, cuando sólo han aparecido los primeros vendedores de frutas y hortalizas y aún tardarán en asentarse los que ofrecen armas y objetos de colección.
   -¿Qué sabrías decirnos de unos extranjeros que visten capas negras y están dirigidos por un hombre muy robusto? —Preguntó Abdelaziz.
   -¿Te refieres a los judíos? —Preguntó a su vez Hassán.
   -No conocemos su religión. El hombre robusto, que dicen es un príncipe, lleva una capa donde abundan los rubíes morados del país de Balaj —comentó Yunán.
   -Sí, son los judíos, y ese hombre cabalga sobre una montura enorme que hace juego con su tamaño. En cuanto a los rubíes, yo desconozco dónde pueda hallarse el país de Balaj, sólo sé que los extranjeros pertenecen a un reino bañado por las aguas del mar de los romanos. En el último mes, a algunos de ellos les hemos visto indagar en el mercado. Les interesaban los libros y las armas.

lunes, 16 de abril de 2012

El destino de los pueblos


El libro de la imagen, compuesto de pergaminos cosidos que se enrollan sobre un eje situado en el extremo derecho, vendría a ser un ejemplo muy modesto del gran libro que los protagonistas de "Viento de furioso empuje" ansían encontrar. Aun cuando no posee título alguno, en la novela se alude a él con el nombre de "El destino de los pueblos".


El siguiente diálogo corresponde al capítulo III de "Viento de furioso empuje":

   -Podría ocurrir que llegáramos a tener el libro en las manos y no supiéramos identificarlo. ¿Cómo saber cuál es el libro que buscamos?
   -Dicen que está compuesto de numerosas ilustraciones y texto, y que en cada una de sus haces o láminas, en el margen superior derecho, lleva punteado a buril el tetragrámaton judío que representa la palabra Dios.
   -Eso que comentas no parece muy lógico, para los hebreos está prohibido representar el nombre de Dios e incluso citarlo de viva voz fuera de la oración.
   -Puede que sea así, pero según Nacor el tetra­gráma­ton figura en cada una de las páginas del libro, y orlado con rama de olivo en oro…
    -Y el tamaño, ¿se sabe cuál es?
   -Lo desconozco, si bien tengo entendido que es un libro con hojas de vitela finísima o membranas, aglutinadas y acabadas en tono hueso, cosidas entre sí con hilos de seda por los márgenes y enrolladas sobre un eje de bronce con extremos en forma de pomo. Dispone de numerosas columnas de texto a razón de una o dos por cada hoja, según contengan dibujos o pinturas al encausto. El libro se halla cerrado mediante un marbete rojo que lo envuelve y lo precinta, donde se anotó que fue forjado por encargo del Altísimo, loado sea. Arranca en sus primeras láminas con la creación del ser humano, comenta la época de los pueblos más antiguos, las ciudades, los primeros imperios… Son láminas de información exhaustiva, fáciles de repasar y descifrar para quien domine el idioma de los judíos, no obstante haberse usado un hebreo pretérito. Y cuenta Nacor que, según le dijeron a él, al abordar nuestros días apenas has comenzado a leer, pues quedan inéditas miles de láminas, soldadas entre sí e imposibles de despegar hasta que no has leído palabra a palabra todas las anteriores. Y dicen también, ¡he ahí lo más asombroso!, que al intentar leerlo jamás llegas al término. En una ocasión me comentó Nacor que hicieron falta seis bueyes para arrastrar la carreta que transportó el libro desde el palacio de Salomón hasta el templo de Jerusalén. Como puedes deducir, el rey sabio se mostraba favorable a las obras voluminosas, quizá porque así se aseguraba el respeto escrupuloso hacia su encargo divino: nadie desearía leer a fondo y desde la primera página semejante mamotreto. ¡Ja, ja, ja…! —Abdelaziz concluyó con una risotada
    -En mi opinión, lo de la lectura imposible sin haber leído previamente cada palabra anterior o lo de los seis bueyes que se precisaron para transportar el libro, entre otros detalles chocantes, son exageraciones que han ido agrandándose con el paso de los siglos. El mismo Nacor no debía creer tal historia y tú me la has contado engarzada con tus propias carcajadas de incredulidad. Más bien presumo que se trataba de un simple carro de dos ruedas tirado por un borrico, que a intervalos, en los tramos cuesta abajo, montaba el aprendiz del carretero para frenarle el ímpetu al animal —exageró a su vez Yunán, sonriente y contagiado de la risa bonachona de Abdelaziz.
    -Así es, amigo mío, ciertos datos, por ejemplo la historia de los bueyes, no puede creerlos nadie. 

martes, 10 de abril de 2012

La gruta del desierto


La gruta de la imagen, donde se hallaron parte de los denominados manuscritos del Mar Muerto, se sitúa en Qumrán, un paraje no demasiado alejado del desierto sirio donde los protagonistas de "Viento de furioso empuje" localizaron miles y miles de libros.


Los párrafos que siguen pertenecen al capítulo III: La gruta del desierto  

 Apenas pudieron contemplar paredes despejadas. Excepto un recoveco que albergaba la boca de un aljibe, así como un pequeño almacén de víveres y aceite destinado a la iluminación, más otro recinto alejado del anterior donde vieron una hendidura a modo de letrina tapada con una madera, casi todo el espa­cio disponible había sido usado para apilar documentos. Descubrieron pergami­nos, trozos de vitela, tabli­llas enceradas, hojas prensadas de palmera, palimp­sestos y toda clase de material que hubiese servi­do pa­ra escribir, como láminas metálicas, omoplatos de camello, papi­ros…, e incluso papel chino.
   Se distinguía un amasijo en el más perfecto desorden, revuelto sin miramiento alguno por quienes habían asaltado el lugar en busca de un texto preciso. Todo parecía haber sido revisado a conciencia y desechado por inservible. Predominaban con mucho los escritos en hebreo y en arameo judío, siríaco o persa. No faltaban docu­mentos griegos, latinos, sáns­critos, árabes, acadios, fenicios o jeroglí­fico egip­cio. Había una sala entera dedicada a la Torá y al Talmud, tanto al palestinense como al babilónico, con innume­rables rollos de Midras. A la par se observaban cuantiosos volúmenes sapienciales, que incluían los libros de los Reyes, Parali­póme­nos, el Cantar de los Cantares y el libro de la Sabiduría, entre otros. Los textos se apreciaban leídos y releídos, repasados meticulosamente, hasta el punto de no resultar extraño advertir abun­dantes anotaciones marginales y pliegos manchados de restos de alimen­tos.

viernes, 6 de abril de 2012

En el desierto


Imagen del desierto sirio, donde podemos encontrar arena, pedrejón y algunos montecillos erosionados a causa del viento y unas temperaturas muy extremas cuya oscilación entre el día y la noche puede superar los 50 grados.

   
El texto corresponde al capítulo II de "Viento de furioso empuje"

   Despacio, lastrados por la conversación, deteniéndose a veces a contemplar el paisaje o a intercambiar algunas frases, cabalga­ron más de una hora y llegaron al Meidán. Poco después dejaron atrás la pequeña población, en cuyas tierras comenzaba a cons­truirse un gran cementerio que serviría de alivio al de la capital. También sobre­pasaron los lavade­ros a las afueras del pueblo, donde algunas mujeres dieron la espalda a los forasteros o se cubrieron el rostro con un paño que llevaban atado a la cintura. Los viajeros se adentraron en los prime­ros palmera­les del oasis de Ruta, donde pu­die­ron contemplar a unos cuantos campe­sinos que se dedicaban a subir a las palmeras mediante una gruesa cuerda que rodeaba el tronco del árbol y su propia cintu­ra. Una vez en la copa, tiraban de un cordel en cuyo extremo habían atado un racimo de flores masculinas que izaban desde el suelo y que utilizaban para fertilizar las palme­ras hembras.
   Los jinetes, ora sorteando pequeñas acequias y alguna que otra casa de campo o aduar de beduinos, ora deambu­lando entre bosqueci­llos de datile­ras, vinieron a dar con una encrucija­da de la que partían dos cami­nos, uno que se dirigía hacia la lejana costa libanesa y otro que conducía hacia la llanura desértica, que fue escogido para seguir la marcha.
   El camino fue difuminándose a poco de abandonar el oasis y apenas lograban detectar su curso, de modo que decidieron seguir hacia el sureste, orientados por el sol y por el conocimiento que Abdelaziz poseía de la solitaria ruta. El calor regía todos sus movimientos. La luz, cegadora, proyectaba sus propias sombras ennegrecidas como si fuesen espectros acosándoles el costado. Una ligera brisa soplaba a ras del suelo, enturbiaba el horizonte y a intervalos, cual si sufriera deseos espasmódicos de abandonar la aridez, levantaba alguna tolvanera aislada. Las cabalgaduras comenzaron a mostrarse inquietas y a resoplar, parecía que avisaban de algún peligro.

domingo, 1 de abril de 2012

Yunán aguarda en el zoco la llegada de Abdelaziz


Hace más de un mes que ofrecí en mi blog el capítulo I de la novela. Aún sigue colgado aquí para los que me visiten por primera vez. Pues bien, a partir de hoy y durante un tiempo, quizá semanas, voy a ir insertando un par de párrafos destacados de cada capítulo. Son 44 los capítulos en que se divide "Viento de furioso empuje", de modo que hay de donde extraer material para que los visitantes de este blog se hagan una idea del texto que van a encontrarse si finalmente se deciden a adquirir la novela y, por supuesto, a leerla. Muchas gracias, amigos.

El texto que sigue a la imagen pertenece al Capítulo II, El oasis


Yunán aguarda en el zoco la llegada de Abdelaziz:
    Yunán alcanzó la entrada principal del zoco y se detuvo algún tiempo tratando de advertir la presencia de Abdelaziz. Paso a paso, inclinado a no internarse demasiado en el mare mágnum de tenderetes y baratillos, ganó terreno hacia el interior del mercado: Se sentía atraído por la tracamundana de una clientela que se movía en todas las direcciones y acarreaba los objetos más insólitos. Otro tanto podría decirse del sinnúmero de vendedores, ávidos de traficar con toda suerte de productos que pregonaban a voz en grito.
   Contagiado al fin de un ambiente donde al vocerío de quienes ofrecían lo más ventajoso, a precio inigualable, se sumaba el regateo no menos estridente de quienes pretendían dejar esos precios en un tercio de lo pedido, Yunán se entregó a la agitación vocinglera del lugar y se dedicó a exa­minar las novedades del bien surtido mercado de la capital omeya. No obstante, mantuvo un ojo más allá de su entorno por si veía a Abdelaziz.
   Cuando habían transcurrido unas dos horas de su llegada al mercado y Yunán comenzaba a estar harto de saludar conocidos, que se arrima­ban a él, sobre todo, para que terciase ante su padre. Cansado en igual medida de ingerir alguna que otra escudilla de alimentos guisados Dios sabe cómo, de presenciar competiciones de alquerque, de hojear libros que invariablemente, así eran pregonados, contenían todo el saber de este mundo, de esquivar azacanes que ofrecían la más fresca de las aguas, de rechazar no sin di­ficul­tad a una patulea de vendedo­res ambu­lan­tes de toda especie, entre los que se mezclaban limos­ne­ros de oficio y alcahuetes arrimadizos... Y justo en el instante, ya a las afueras del zoco, en que iniciaba una sarta de repro­ches hacia sí mismo por no haber con­cre­tado más la cita, Abdelaziz apareció a lomos de un magnífico caba­llo que manejaba con destreza mien­tras tiraba de las bridas de una segunda montura, también de buena planta, que le ofreció sonriente.

martes, 14 de febrero de 2012

Primeras páginas de "Viento de furioso empuje"

Ahora que muchos de ustedes conocen ya el origen de "Viento de furioso empuje", así como la época en que transcurre el relato, creo que ha llegado el momento de ofrecerles unas páginas de la novela. Así, pues, por qué no comenzar por el capítulo 1.

Viento de Furioso Empuje-Cap1_Blog Eso sí, amigos, agradecería una impresión de quienes tengan la amabilidad de leer este capítulo. Muchas gracias.

sábado, 4 de febrero de 2012

Significado de "Viento de furioso empuje"

En este vídeo se describe el significado del título de la novela, que además se corresponde a una frase pronunciada por el protagonista principal: "¿Cuándo amainará este viento de furioso empuje que nos ha llevado a los árabes, un pueblo de naturaleza hospitalaria, a la conquista de tres continentes y treinta reinos?".

miércoles, 1 de febrero de 2012

Crónica de una presentación


Tras un fatigoso viaje desde Mazarrón (Murcia) a Barcelona y ya de vuelta en mi localidad de residencia, eso sí, cansado aún de tantas horas de automóvil (unos 1.400 kilómetros) y de los muchos nervios que se pasan al tratar de prever que todo salga bien, creo que ahora corresponde anotar la impresión recibida en el acto de presentación de la novela "Viento de furioso empuje" en El Corte Inglés de Barcelona.

Lo primero que debo hacer, como una práctica de bien nacido, es darle las gracias a Jordi Miquel Larios, sin cuya ayuda, tan desinteresada como valiosa, me hubiera sido imposible alcanzar el éxito de asistencia logrado en dicha presentación, donde los familiares o los numerosos amigos que acudieron y llenaron la sala derrocharon amabilidad y simpatía. Así, pues, querido amigo Jordi, que sepas que tienes toda mi gratitud.

Igualmente quiero agradecer las facilidades dadas por El Corte Inglés de Portal del Ángel en Barcelona, centro donde se ubica una coqueta sala de "Ámbito Cultural", cuya coordinadora de Relaciones Externas, Eva Franqués, se mostró en todo momento de lo más competente y cordial. Muchas gracias Eva.

Ni que decir tiene que buena parte de los asistentes eran rostros conocidos de toda la vida, a muchos de los cuales no había tenido ocasión de saludarles desde hacía más de una década. Pero allí estaban ellos, acompañándome en un evento tan importante para mí y a sabiendas de que nos veríamos apenas unos minutos. ¿No es de agradecer? Juraría que sí, amigos míos. ¡Os doy las gracias con la misma intensa emoción con que escribo estas líneas!

El acto se inició con la intervención de Jordi Miquel, que pronunció en idioma catalán unas amables frases referidas a mí y a la novela. Realmente estuvo brillante y aportó la agilidad propia de alguien mucho más acostumbrado a hablar en público, lo que no es nada fácil. Y es que sabía perfectamente de qué hablaba, puesto que nuestra amistad data de hace más de veinte años y hemos compartido miles de horas de conversación no exentas, a veces, de la polémica necesaria para que nuestro diálogo fuese atractivo. Además, Jordi conoce bien la novela al haberla leído y, con perdón por la inmodestia, al haberse enganchado a sus páginas, según me dijo.

Luego intervine yo y traté de explicar un poco lo que se dice en la obra. Hablé algo de la época en que transcurre, de los personajes, del contexto histórico al margen de Hispania, de la misión que deben realizar quienes protagonizan "Viento de furioso empuje" y, sobre todo, traté de plantear una duda entre los asistentes: ¿Cómo fue posible que un ejercito cifrado en unos doce mil guerreros pudiesen conquistar una reino tan extenso y poblado como era la Hispania visigoda? Pues bien, aseguré durante mi locución que la respuesta se encuentra en las páginas de la novela e invité a leerla.

Al finalizar se pasó a la firma de ejemplares, donde nuevamente los amigos y asistentes se interesaron en la obra y recibí de ellos, mientras les dedicaba unas líneas, no pocas frases de felicitación y ánimo. ¡Un día muy feliz! De nuevo, muchas gracias a todos.

miércoles, 18 de enero de 2012

Critica de "Viento de furioso empuje" a cargo de Rafael Guerra Sandá


Dice Rafael:

En lo estrictamente literario, la novela, rebosante de acción, engancha desde el primer momento: la trama es fascinante, el desarrollo de la misma y sus giros sorprenden e invitan a seguir leyendo, los numerosos personajes, dotados todos ellos de vida propia, son tremendamente atractivos por la gran cantidad de matices que aportan, huyendo de tópicos y estereotipos. Los diálogos destacan por su profundidad, alejada del lugar común, y mueven a la reflexión, mérito y virtud para nada desdeñables. “Viento de furioso empuje” destila también un estimable sentido del humor que en ocasiones puede provocar en el lector franca carcajada. El clímax final es sorprendente e inesperado… Realmente no apetece dejar de leerla –factor fundamental llegado el momento de valorar una obra literaria y que “Viento de furioso empuje” cumple sobradamente– y al llegar a la palabra “fin” (ansiada y temida al mismo tiempo) queda un cierto regusto amargo al no poder seguir disfrutando de la compañía de Yunán, Witerico y demás elenco de personajes que confieren su particular sello a la novela.

Lea la crítica completa en las páginas de Batiburrillo.

Por mi parte recomiendo no perderse una opinión tan completa y bien elaborada como la de Rafael Guerra Sandá, una de las pocas personas que ha leído dos veces la obra. Ah, se me olvidaba añadir que la crítica de Rafael fue la primera que apareció publicada, de ahí que la rescate hoy, y la incluya en el apartado correspondiente, a modo de un merecido homenaje al primero de mis lectores. 

martes, 17 de enero de 2012

Reseña de Manolo Marín




"La verdad es que hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo un libro.
Gracias a él he aprendido numerosos términos de origen árabe y otros en desuso que desconocía; he leído pasajes históricos de una época apasionante, que no es precisamente de las más estudiadas y noveladas por los historiadores y escritores; me he divertido con las aventuras de sus personajes y he disfrutado con los diálogos profundos e inteligentes que llenan sus páginas.
Y es que, efectivamente, nos encontramos ante una auténtica novela de aventuras".

Muchas gracias, Manolo. 

Lea el resto de la reseña en el blog Murcia Liberal

domingo, 15 de enero de 2012

Algunas respuestas


¿Cree usted que puede estar al nivel de escritores como podrían ser Ken Follet, Peter Berling, Perez-Reverte, Ildefonso Falconés, César Vidal...?

La pregunta es buena pero no permite una buena respuesta, a menos que uno pretenda pasar por un auténtico pedante. Veamos, si digo que me considero al mismo nivel que un grupo de escritores famosos, eso sí, de calidad desigual, daré la sensación de no haber asistido a clase el día que impartieron la asignatura de modestia. Así que lo mejor será responder que no puedo compararme con ellos ni en fama ni en oficio, puesto que en más de un caso nos hallamos ante autores muy prolíficos y yo acabo de publicar mi primera obra.

¿Pretende el autor lanzar algún mensaje aparte de intentar distraer al lector con una buena novela histórica de aventuras? ¿En caso de afirmativo, ¿puede decirnos cual?

No me considero en absoluto un autor comprometido con ningún tipo de mensaje. He ofrecido a los lectores una novela histórica destinada a lo que pudiera definirse como "pasárselo bien con su lectura y aprender algo de historia", ¡nada menos! De todos modos, la parte más valiosa de la novela, y por lo tanto la más cercana al mensaje, es aquella que ensalza los valores de la amistad, la lealtad, el sacrificio por la causa que uno considera justa y la creencia absoluta de que en todas las razas y etnias es posible encontrar gente de bien y con buenos sentimientos. O sus contrarios. 



¿Cuanto tiempo cree que sería necesario invertir para escribir la segunda parte si es que tiene intención de hacerla? 

Sí, tengo intención de escribirla, si Dios me da salud. De hecho, diseñé la obra como una trilogía de la que "Viento de furioso empuje" sería la primera entrega. En cuanto a la duración, calculo un mínimo de dos años en el supuesto de que pueda restarle el tiempo necesario a otras ocupaciones no renunciables en su totalidad.  



Paralelamente al estilo literario que utiliza, ¿podría escribir y /o tiene intención de relatar otro tipo de narrativa no vinculada a la historia? Es decir, ¿hablamos del clásico autor relacionado con novela histórica o tiene por contra otros recursos en mente?  

Sí, creo que podría escribir en otro estilo menos medieval, por llamarlo de algún modo. De hecho, los 2.000 artículos insertados en unos de mis 'blogs' están elaborados en un lenguaje bastante más corriente. De otro lado, será difícil que deje de escribir novela histórica. Por una razón muy sencilla: Soy de los que opinan que la novela ha muerto o se encuentra gravemente enferma, salvo la histórica, claro, y tal vez la de género policíaco. Ahora bien, algo así no significa que mis futuras novelas transcurran antes del año mil. También podría considerarse histórico, o casi, un relato que acontezca en los primeros días de la transición del régimen anterior al actual, por ejemplo. 


Las preguntas fueron formuladas por Jordi en una entrada anterior.